Ajedrez y clases

Muchas veces me da la impresión de que dar clase es como jugar al ajedrez (con lo poco que me gusta el ajedrez: peón por torre, caballo a alfil siete. ¿Pero que es eso? ¿Qué interés tiene? Quita, quita, yo prefiero: “Mi peón se desliza por la base de la torre, evitando la mirada de los caballeros”. “Tira sigilo. 7. Los caballeros escuchan el crujir de la grava bajo tus botas y escrutan en tu dirección con las ballestas preparadas. ¿Qué haces?” “Tiro una piedra en dirección contraria y corro hacia la puerta de la residencia del alfil”. Eso SÍ es divertido). Parece que todo debe estar calculado, sobre todo en el ámbito de las relaciones. Este es el papel del profesor, que sólo puede mover en línea recta. Y es lo que hay. Pero hay alumnos que mueven en línea recta, otros van en diagonal, y otros saltando como caballos. Y más. No estoy hablando de currículo ni de adaptar los contenidos (esa regla está, el tiempo para aplicarla es otra cosa), esto hablando de relaciones interpersonales. De poder hablar un poco. De poder perder el tiempo. De poder conocer a esas personas con las que pasas tantas horas a lo largo del año.
Hace un curso o dos, una eminencia vino a darnos una sesión de formación sobre inteligencia emocional. Todo me resultó enormemente interesante, e incluso útil, pero tuve que estar en desacuerdo con un punto que el recalcó mucho: un profesor nunca puede ser amigo de un alumno. No es posible cierto grado de igualdad. Y eso a mí me parece un atraso.
Lo que realmente me gusta de ser profesor es tratar con la gente. Poder ayudar. Y eso pueden ser cosas muy distintas. Sin mis ratos de charla y de opiniones, no me vale la pena dar clase. Eso hace que, por ejemplo, dar clase a 1º y 1º de la ESO se me haga un poco cuesta arriba. Mi espacio natural es 3º o 4º. Bachillerato tampoco me atrae mucho, porque la materia tiene más peso, es una responsabilidad mayor, y con tres horas de clase semanales sólo no hay mucho tiempo para disfrutar.
Ahora estamos en Cavite dándole vueltas a las comunidades de aprendizaje, y el poder dedicar algo de tiempo al Insti y sus habitantes fuera del horario de clases pura y dura me parece algo cada vez más imprescindible. Poder echar el rato de tertulia literaria, de cine-forum, de conversación sobre cualquier cosa o incluso echando unas canastas (aunque servidor está cada vez más mayor para esas cosas). O unas partidillas roleras buenas, que a eso no le hace ascos nadie. O un taller de tarot y magia moderna, que uno sirve para todo. Me gusta estar con mis chicos y chicas. Aprendo casi tanto como enseño.
Lo que me sigue sorprendiendo es que esta actitud (todos somos personas, compartamos) no está tan extendida como uno quisiera. Todavía hay profes ladrillos, rígidos, intransigentes. No importa que sean jóvenes. Y alumnos que sólo ven al enemigo al otro lado. El día que por ambas partes olvidemos estas ideas obsoletas todos ganaremos mucho. E incluso seremos mejores personas.
En conclusión, a ver si esto de las comunidades funciona. A mis ex-compañeros alumnos de Alhaurín, a ver si nos vemos en Semana Santa, entre nazareno y nazareno. Y a los de Adra, que no sé si tengo uno o tres lectores, eso, que no muerdo.

J.

PD: De regalo, una versión de un clasicazo, “Another Brick on the Wall”, en The Faculty, de la que sólo eché en falta un profesor guay colaborando. Al final voy a tener que hacer yo mismo un guión sobre el tema.

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2 comentarios en “Ajedrez y clases

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