A los que se desesperan

Hoy toca hablar un poco de los alumnos, concretamente de los alumnos que se desesperan. Analicemos. Tomando como punto de partida el concepto básico que los alumnos que se desesperan son aquellos que resoplan, rebufan o expresan su desesperación por algún otro medio igualmente visible y con frecuencia sonoro, cabe profundizar en esta tipología señalando que existen tres subtipos de alumnos que se desesperan:
El primero es el alumno desganado, que resopla siempre que escucha expresiones como “Para mañana…”, “De la pág. X…”, “Ejercicios…” o, en casos extremos, incluso “Ahí llega el profesor”. A este tipo no le prestaremos más atención, ya que carece de interés. Vamos, que no le interesa nada.

El segundo tipo es el alumno que no se entera, pero querría enterarse. Es aquel que pregunta, vuelve a preguntar, pregunta una tercera vez, vuelve a leerlo, y ves como poco a poco la desesperación va apareciendo en su rostro. Esto tipo no suele resoplar.

Y vamos al tercero, que es el que realmente me interesa. Estos alumnos (aunque en general son alumnas más que alumnos) atiende, se entera e incluso le gusta lo que dices. Y su desesperación se produce cuando la masa becerril de la clase no deja que el profesor haga su trabajo (que, oh sorpresa, es tratar de enseñar, no regañar). Y este tipo de alumno si que resopla, pone los ojos en blanco, te mira con desesperación, mira hacia atrás con odio (sí, normalmente la masa becerril está atrás y el buen alumno que se desespera está delante, es como lo del agua y el aceite). Yo devuelvo una mirada que trata de transmitir comprensión y cierta complicidad, aunque muchas veces siento que les estoy defraudando, por no pegar tres voces más, lanzar cuatro amenazas y tomar las riendas. Pero es que normalmente no me sale. Cuesta mucho enfadarme, todo el que me conoce lo sabe.
La cosa es que yo también fui un alumno que se desesperaba. Porque me gustaba aprender, y me sigue gustando. Eso es lo que no comprende la mayoría de la gente (sí, la masa becerril anónima de antes): hay personas a las que nos gusta aprender. Y cuando encuentras a alguien que sabe más que tú, por el motivo que sea, no lograr aprender algo es una oportunidad perdida. Aunque misteriosamente la mayoría de los chicos y chicas a los que doy clase no se den cuenta. Luego, en tercero, en cuarto sobre todo y en lo que va detrás, con suerte ya no hace falta desesperarse, porque la masa se ha ido disolviendo. Pero en primero y segundo és inevitable.
Y al final, son esas personas las que me dan fuerzas para seguir añadiendo algo interesante a cada clase, para seguir tratando de hacerlo entretenido, las que hacen que me pare y comente, divague o explique algo que en realidad no tiene nada que ver aunque veinte personas estén a lo suyo. Explico para las cuatro que me están escuchando. Porque se lo merecen. Porque lo aprecian. Aunque sea desde su desesperación. Después, cuando pasen unos años, ni la masa se acordará de mí ni yo de ella. Pero recuerdo a cada uno de los alumnos y alumnas que se han desesperado en mis clases (en el buen sentido). Y quiero pensar que ellos se acuerdan de mí.

J.

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