Personas, no niños (manifestar la Primavera)

Freedom

Feliz Ostara con pensamientos profundos :-)

La reflexión de hoy parte de hace unas semanas. Estábamos comentado qué lectura poner a 4º de ESO, y el libro que habíamos elegido inicialmente resultaba que tenía temas “escabrosos”. Secuestros, violencia, abusos sexuales… Y yo decía que con esas edades ya no se puede andar poniendo limitaciones. Que son adultos. De hecho, siendo realistas, han visto cosas infinitamente más fuertes en las películas que ven. Lo genial fue que estaba por ahí la orientadora del centro, que algo más que yo sabe de esto, de la psicología de la juventud y demás, y me dio incondicionalmente la razón. Ya son grandes. Ya son adultos. Ya pueden tratar cualquier tema. Fue uno de esos momentos de felicidad de “no sólo no estoy loco, sino que gente que domina el tema está de acuerdo”. Cada año conozco a unos cien o doscientos jóvenes nuevos. De un margen de edad que va de los doce a los veinte. E indudablemente dejan de ser niños en algún momento de ese camino, y la inmensa mayoría dejan de serlo antes de los dieciocho. Algunos bastante antes. Y eso me lleva a la segunda parte de la reflexión.

El lunes pasado hablábamos en Taller de Comunicación (es decir, con chicos y chicas de unos quince años de media) sobre las preocupaciones de la gente de su edad frente a las preocupaciones del mundo “adulto”. Les pregunté por lo que consideraban que eran las preocupaciones de la sociedad, y además de lo evidente (crisis, paro, recortes) ellos hablaron también de la guerra, del hambre, de la discriminación… Y yo les decía que un componente esencial del pensamiento más joven es el idealismo. Y que eso es genial. Que eso es lo que cambia el mundo. Con la edad nos volvemos rancios. Creemos que no podemos cambiar nada, y por eso no intentamos cambiarlo. Algunos. No todos. También les dije que el ideólogo del movimiento de los indignados era un señor de noventa y muchos años que se murió hace poco. No es la edad, es lo que consideramos que va unido a la edad. Y entonces empezaron a salir fechas y límites, que cuando se comparan se resalta lo absurdo:

En EEUU puedes conducir con 16, pero si vienes aquí te dicen que ya no, que eres muy pequeño, que con 18. Aquí puedes comprar alcohol con 18, pero si vas a EEUU te dicen que eres muy pequeño, que hasta los 21. Hay países donde se vota con 16 años. Hay países (ejem, ejem) donde muchos políticos desearían que nadie menor de 25 votase. Porque la juventud es idealista. Y el idealismo siempre tiende a la izquierda, al anticapitalismo (y con suerte algún día al feminismo también, pero esa lucha va por otros caminos).  Y los adultos inventamos límites legales para los más jóvenes. Y son arbitrarios, y lo sabemos, pero seguimos inventándonoslos.  Diciendo casi siempre que es por su bien. Sin preguntar casi nunca. Pero son tan arbitrarios que todo el mundo se los salta, y entendemos que es normal que alguien menor de 18 se haya tomado una cerveza de vez en cuando, y no nos espantamos si alguien de 16 tiene relaciones sexuales (salvo que sea nuestro hijo/hija, entonces sí que nos espantamos). Y cuando el límite legal no nos basta (como en el sexo, que en España es enormemente bajo, siendo los 13 años), porque el legislador fue más permisivo de lo esperado, nos inventamos límites morales. Vestidos, eso sí, siempre, de buenas intenciones. Todos cometimos errores en la juventud. Ninguno queremos que nuestros hijos los cometan. Nuestros padres pensarían lo mismo. Y aún así no les hicimos caso. ¿Por qué iba ser distinto en esta generación?

Proteger no es encerrar. Es dar las herramientas para que los jóvenes vivan su propia vida, y estar ahí cuando haga falta. Y esas herramientas no son una libertad ilimitada. Es capacidad para pensar por sí mismos, para decidir, para evaluar. Y eso sólo es posible si les vamos dando la posibilidad de decidir, de tomar responsabilidades… de ser las personas no que nosotros queremos que sean, sino las que ellos quieren ser. Esa posibilidad que sólo van a tener cuando tienen la certeza de que equivocarse es parte de su camino, y que vamos a seguir ahí como padres. Un padre no debe esforzarse en que su hijo o hija sea la mejor persona posible, debe esforzarse en que sea la mejor persona que su hijo o hija quiera ser. Por raro que nos parezca lo que quiere (y sí, si Clara quiere estudiar incomprensiblemente una carrera de ingeniería la dejaremos, como si quiere hacer Bellas Artes, como si quiere hacer un módulo de agricultura. Porque es su vida, no la mía, y la felicidad se encuentra en los caminos más insospechados).

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Yo soy padre. Mi gorrión tiene ahora tres años y medio. Pero algún día tendrá doce. Y luego tendrá quince. Y con catorce, con quince, con dieciséis, si lo hemos hecho bien, será una adulta. Joven, inexperta, torpe en muchas cosas, pero será una persona con sus ideas, sus sueños y su opinión igual de válida que la mía. Y por si se me olvida, lo dejo aquí escrito. Pero me da a mí que no voy a irme oxidando tanto como para olvidarme de ello. Porque el hecho de seguir trabajando con jóvenes me lo recuerda cada año. Porque es de las cosas que no es que lo piense, es que soy así :-).

J.

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