Cicatrices

scar_tissue_by_ivoryacidlust

Y a veces simplemente las cosas salen mal. Por muy buenas que fuesen tus intenciones. Por mucho que lo intentes. Hay equilibrios que no se pueden alcanzar. Hay cosas imposibles en este tiempo y en esta distancia. Y duele. Y duele ver cómo duele. Y no pasa nada, en el sentido de que es absurdo enfadarse con la lluvia, con el viento o con el invierno. Aceptar que te has equivocado, que no eres capaz de hacerlo todo bien, es algo que tarde o temprano hay que hacer. Que no puedes proteger a todo el mundo. Que no puedes salvar a todo el mundo. Mirar atrás, y decir “lo he hecho lo mejor que sabía, y lo siento”.

Luego curas. Porque la vida siempre tiende hacia la vida. Porque sobrevivir al invierno conlleva inevitablemente la primavera. Pero toda herida lo suficientemente grande, aunque cure perfectamente, deja cicatriz. Y a veces las cicatrices duelen. Por el cambio de estación, por el frío, por las tormentas, por los ecos y los encuentros inesperados. Pero las cicatrices somos nosotros. Las cicatrices son lo que hemos vivido, lo que hemos amado, lo que hemos intentado.

Y si he sido capaz de ver la hermosura de la cicatriz de otra persona, de acariciarla, de besarla, de quererla, tendré que ser igual de generoso conmigo mismo. Y eso es lo que debo seguir aprendiendo.

J.

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2 comentarios en “Cicatrices

  1. Me recordaste esto :) Es una carta mía escrita hace un tiempo

    SÁBADO 14.03.2015 ¿AMARTE O QUERERTE?

    Hoy he disfrutado del dolor.

    Me he dado cuenta, de las tardes soleadas que me he perdido en mi despacho, mientras estaba fuera. Bailando entre mis abstracciones he entendido que el sufrimiento (nuestro miedo al dolor, que siempre viene disfrazado de pensamientos), no nos deja ver con claridad la magia que nos rodea.
    Por suerte, la vida está llena de miles de instantes mágicos. Esos momentos, perfectos en su nimiedad, donde tu trabajo tras una pantalla es interrumpido por la luz cálida que entra por la ventana y da justo en tu cara. Suspiras ante su tacto que te calienta desde dentro. Tus dedos se detienen. Como el tiempo. El humo del incienso deja de danzar de forma aleatoria para subir recto y firme, en busca de esa luz. Al igual que tu esperanza. Y dejas que las lágrimas, las tuyas, las suyas y las perdidas, salgan. Mientras las máquinas suenan de fondo entre vapores y compuertas, los engranajes resoplan cansados y tu te limitas a intentar deshacer ese nudo para poder respirar. Cierras los ojos, dejándote bañar por esa calidez que te roba una sonrisa dulce y amarga.

    Puede, que sólo por hoy, te regales un café.

    Y pidas perdón. Pidas perdón con total sinceridad. Por las cosas que no hiciste, o las que hiciste a destiempo. Pides perdón por los daños realizados, porque nunca fue tu intención. Sólo… no supiste hacerlo de otra forma. Hay emociones, que no se pueden explicar. Ni momentos, causas, circunstancias o personas. Pero agradeces vivirlas, porque te permiten experimentar y entender muchas cosas y eso te ayuda a compartir algo de bondad y comprensión.

    Esperas que el Sol se lleve este mensaje y que llegue donde debe, aunque no lo sepan, porque tus lágrimas no van a ser vistas. Ni oídas.

    Respiras de nuevo, entre imágenes borrosas observando cómo esas tierras que pretendías pasear son revueltas. Te das cuenta de que el tiempo pasa y tu sigues ahí… quieta, en absoluto silencio tras esa ventana, agradeciendo que ese Sol entrara en el momento justo, cuando más lo necesitabas. A pesar del sufrimiento. A pesar de que esa luz cálida haya desgarrado esa herida mal cosida. Ese dolor te ayuda a ver fluir, y observas desde la distancia, cómo el juego sigue funcionando, pero tu ya estás fuera. Entonces enciendes otro incienso y tecleas otro tipo de trabajo. Más interno. Más duro. Más necesario.
    Suspiras aliviada al darte cuenta que respiras un poco más normal. Observas cómo el Sol está a punto de esconderse y te maravillas por su rapidez eterna. Sonríes sabor café, algo más dulce que amargo y esperas que en un futuro, su luz deje de desgarrarte para poder limitarte a sonreír cuando te toque. Sabes que lo harás, pero no ahora. Aun no estás preparada. Aun no te has perdonado.
    Entonces, agradecida por vivir un momento así, sigues tecleando deseando no ser la única en el mundo sintiendo dolor.
    Y te ríes al leer esa paradoja.

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