Invierno en primavera

Al principio la muerte es tan lejana que parece algo ajeno, lo que le sucede a otros. Tan distante que lo inevitable parece evitable.

 Y de repente llega. Porque el tiempo tiene esa cualidad, y al final todo es de repente. No estamos preparados para el transcurrir de los años. Y entonces un día la muerte crea agujeros. Donde había algo, sólo crece nada. El espacio se vuelve vacío. Los sonidos, silencio.

Con el tiempo suficiente, la propia existencia, agujereada, se va transformando en fragmentos incompletos de lo que fue. Y vagamos perdidos de un espacio vacío a otro. Entre lo que se perdió y lo que no podrá ser. No podemos completar la nada. No podemos deshacer el silencio. ¿Qué nos queda entonces? ¿Qué herramienta? ¿Qué escudo? ¿Qué hilo para volver a tejer la vida?

Recuerdos. Para cada cuerpo que ya no arroja sombra. Para cada palabra que ya no será pronunciada. Porque lo fue. Y las ondas de lo que se dijo, lo que se hizo, lo que se era, se expanden en cada uno de nosotros, en todos los que nos cruzamos en su camino. Y la muerte podrá arrancarnos todo lo demás, pero no los recuerdos.

J.

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