(In)Defensión adquirida

Cuando vi hace un tiempo la película de El Mayordomo, lo que más me llamó la atención fue cómo en poco más de una generación se pasó de que los afroamericanos pasaran de ser vistos como un colectivo indefenso, y por lo tanto víctima de cualquier blanco, a ser un colectivo temible. El blanco paseaba por el barrio de negros y los negros se asustaban, y cincuenta años después es el blanco el que va asustado. Evidentemente es un análisis superficial, y no significa ni mucho menos que estés seguro si no eres blanco en EE.UU. Pero constata un hecho: la indefensión adquirida puede romperse. Es posible pasar de tener miedo a tener rabia. De tener rabia a que sea el otro el que deba tener miedo.

“Tenemos que educar a nuestros hijos para que no violen, para que no maten”. Pero, ¿quién educa a los padres, a los hermanos, a los amigos? ¿Y si no tenemos tiempo? Yo no tengo hijos que educar. Tengo hijas. Y estoy bastante seguro de que no soy capaz de cambiar el mundo (como educador, como persona) lo suficientemente rápido como para que sea un lugar donde se eduque sin machismo, donde se viva sin machismo. Con lo cual, mi única opción es aceptar que tendrán que vivir en ese mundo. Pero que no tienen por qué soportarlo.

Si hay muertos lo que tenemos no es un problema; si hay muertos, es una guerra, y yo quiero que mis hijas estén en el bando ganador, cueste lo que cueste, hasta que a los del otro lado no les quede más remedio que firmar la paz sin condiciones. Y yo cumpliré mi papel, que es darles las herramientas y los recursos para que si tienen que decir “si me tocas te parto la cara” no sea una amenaza, sino una opción. Mi papel, que es, cuando haga falta, pagarles la fianza, llevarlas a que les den puntos y que puedan decirme con satisfacción “si yo estoy así imagínate como he dejado el otro”. Criarlas, tristemente, como cualquier padre orgulloso y masculino se esfuerza en criar a sus hijos. Porque no quiero hijas buenas, quiero hijas vivas.

Esto es para mí que el miedo cambie de bando, no que un imbécil diga que no puede ir cómodo por las calles porque las mujeres le miran como un potencial agresor. Y no es el futuro que quiero (lo que quiero probablemente pueda venir después de eso), pero creo que es el futuro inmediato que necesitamos. Que necesitáis. Nec spe, nec metu. Ni esperanza ni miedo.

Si mañana soy yo, si mañana no vuelvo, destrúyelo todo. Si mañana me toca, quiero ser la última

J.

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