Casi 20


El paso de los años. Las miradas
que ya no dicen tanto, que si acaso
despiertan un recuerdo, y esos brazos
que alejan en invierno las heladas.

Los días se suceden, y se escapan
hablando del trabajo, del fracaso,
de las niñas, del mundo, del cansancio,
sin fuerzas para ver las madrugadas.

Mas seguimos aquí. Nada nos mata,
nos va haciendo más fuertes, cada fuego
nos forja un poco más el corazón.

Y el tiempo pasará. Todo se acaba,
pero aún nos queda voz, tiempo, deseo,
buscando entre los labios mi canción.

J.

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41


Las canas. El tiempo que se escurre sin saber por dónde. Cuando dices “lo que he aprendido en estos últimos doce años como profesor”. Canciones, y canciones, y canciones, y cada una hablando de un lugar distinto, de un momento, de una persona. De la persona que era cuando sonaba.

Recuerdos y proyectos, y proyectos y recuerdos.

Cosas para las que no estás preparado. Cosas para las que sí. Cosas para las que quizás te lleves preparando toda la vida.

Abrazos y risas, y cuentos, y cuentos inventados. Ver crecer, ver cambiar, ver ser, y empezar de nuevo.

Perder.

Seguir adelante.

Soñar.

Eso he sido. Eso soy. Eso seré.

Allá vamos.

J.

(In)Defensión adquirida


Cuando vi hace un tiempo la película de El Mayordomo, lo que más me llamó la atención fue cómo en poco más de una generación se pasó de que los afroamericanos pasaran de ser vistos como un colectivo indefenso, y por lo tanto víctima de cualquier blanco, a ser un colectivo temible. El blanco paseaba por el barrio de negros y los negros se asustaban, y cincuenta años después es el blanco el que va asustado. Evidentemente es un análisis superficial, y no significa ni mucho menos que estés seguro si no eres blanco en EE.UU. Pero constata un hecho: la indefensión adquirida puede romperse. Es posible pasar de tener miedo a tener rabia. De tener rabia a que sea el otro el que deba tener miedo.

“Tenemos que educar a nuestros hijos para que no violen, para que no maten”. Pero, ¿quién educa a los padres, a los hermanos, a los amigos? ¿Y si no tenemos tiempo? Yo no tengo hijos que educar. Tengo hijas. Y estoy bastante seguro de que no soy capaz de cambiar el mundo (como educador, como persona) lo suficientemente rápido como para que sea un lugar donde se eduque sin machismo, donde se viva sin machismo. Con lo cual, mi única opción es aceptar que tendrán que vivir en ese mundo. Pero que no tienen por qué soportarlo.

Si hay muertos lo que tenemos no es un problema; si hay muertos, es una guerra, y yo quiero que mis hijas estén en el bando ganador, cueste lo que cueste, hasta que a los del otro lado no les quede más remedio que firmar la paz sin condiciones. Y yo cumpliré mi papel, que es darles las herramientas y los recursos para que si tienen que decir “si me tocas te parto la cara” no sea una amenaza, sino una opción. Mi papel, que es, cuando haga falta, pagarles la fianza, llevarlas a que les den puntos y que puedan decirme con satisfacción “si yo estoy así imagínate como he dejado el otro”. Criarlas, tristemente, como cualquier padre orgulloso y masculino se esfuerza en criar a sus hijos. Porque no quiero hijas buenas, quiero hijas vivas.

Esto es para mí que el miedo cambie de bando, no que un imbécil diga que no puede ir cómodo por las calles porque las mujeres le miran como un potencial agresor. Y no es el futuro que quiero (lo que quiero probablemente pueda venir después de eso), pero creo que es el futuro inmediato que necesitamos. Que necesitáis. Nec spe, nec metu. Ni esperanza ni miedo.

Si mañana soy yo, si mañana no vuelvo, destrúyelo todo. Si mañana me toca, quiero ser la última

J.

Días que se escapan (41)


Días largos, años cortos. Aún estoy tratando de aprender qué significa cuarenta, y ya casi están aquí los cuarenta y uno, con todo lo que he aprendido en el camino. Lo que he aprendido, sobre todo, de lo imposible. De lo que no va a ser nunca. Ya sé que nunca aprenderé a tocar el arpa, ni a hablar finlandés. Que no volveré a judo para finalmente sacarme el cinturón negro. Este es el momento en el que, desde el otro lado, empezáis a decir “aún hay tiempo”, “cuarenta y uno no es para tanto”, y demás variantes. Y entonces yo tengo que responder que no, que nunca va a suceder. Pero no porque no haya tiempo. Porque el tiempo es demasiado valioso.

Cuando giren las horas, cuando surjan momentos, no haré nada de eso, porque no vale la pena. Eso es lo que he aprendido en el camino. A disfrutar el camino, a aferrarlo con fuerza, en vez de tratar de entretejerlo cada vez más lejos, cada vez más amplio. No aprenderé finlandés porque estaré escribiendo, no conseguiré el cinturón negro porque estaré paseando y haciendo picnics, no tocaré el arpa porque estaré viviendo de cualquier otra forma. Y estará bien. Más que bien.

Y sí, quizás me sorprenda. Pero creo que ya tengo bastante claro quién soy, quién quiero seguir siendo. Así que me vais a permitir que me concentre en ese seguir siéndolo, sin más. Hay horas de sobra que llenar solo con eso. Cuarenta y un años. Hasta otros cuarenta y un más.

J.

Hopeless


A veces llegan golpes que te hacen tambalearte entero. Que te arrancan el aliento y las fuerzas. Que te hacen decir “¿y ahora como sigo?”. Que dejan la página en blanco, y la miras pensando que no tiene sentido tratar de llenarla. Pero entonces recuerdas que escribir no es una tarea para cuando estás bien. Que escribir es parte de lo que te hace estar bien. Que escribir cura. Que es algo inevitable. Y vuelves a la tarea. Y vuelvo a la tarea.

J.

Mañana


Hoy no tengo fuerzas. Para los problemas cotidianos, para la lucha diaria, para las cuestas arriba. No tengo fuerzas para clases, ni alumnos, ni padres. Ni para los pasillos ni para las salas de profesores. Tampoco para los despachos. Ni para lo urgente ni para lo necesario. Pero mañana iré ello. Mañana volveré al mundo, porque más allá de nuestras puertas el tiempo no se para, y corre inevitablemente. Porque los días siguen empujando uno tras otro sin que les preocupe cómo ni hacia dónde. Porque ahí fuera las agujas se aceleran. No les importa que aquí un reloj se haya parado para siempre, y que no sepamos qué hacer aún con todas esas horas que ahora nos faltan, nos sobran.

Así que mañana saldré. Sin encontrarme aún. A pasear ese espacio vacío que ahora envuelvo.

J.

Septiembre, 2018


Es septiembre, y regreso de vuelta al torbellino
de los días sin horas y las horas sin días,
de las mismas tristezas, distintas alegrías,
de hacer siempre distinto este mismo camino.

De nuevo al remolino de mañanas con prisa,
de las noches de insomnio, de problemas futuros,
de las listas eternas, los finales seguros,
de las tardes de clases, de meriendas, de risa.

Y los meses me embisten disfrazados de olas,
las semanas me llevan con impulso de río,
y en los rayos de sol puede olerse ya el frío,
y un trueno de tormenta suena en las caracolas.

Girarán las estrellas, y nosotros veremos
hacia dónde nos lleva este eterno  tornado,
entre lo que se espera, entre lo inesperado,
cambiando lo que somos hasta lo que seremos.

J.