Cosas que se me olvidan cada 15 de agosto


No falla. Llega mediados de mes y de repente miro un calendario y se me coge un pellizco en el estómago. Un miedo sordo, un instinto de huida, de correr hacia cualquier parte menos hacia lo que hay al final del mes. Entonces empiezo a soñar con el comienzo de curso, y a ver no los días que tengo aún de vacaciones, que para muchas personas son todas sus vacaciones, sino los días que faltan para que empiece eso que me aguarda amenazador al final del túnel. Lo más absurdo de todo esto es que mi trabajo me encanta. Realmente me encanta. Siempre me ha encantado. Y después ha habido años peores y años mejores, en lugares bueno o en lugares malos. Pero desde hace tres años estoy en un instituto increíble, al lado de mi casa y con compañeros geniales y alumnos estupendos.Y aún así se me sigue cogiendo el pellizco en el estómago, y me asaltan pensamientos de que sería mejor trabajar de cualquier cosa.

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Luego llega el día 1, piso de nuevo los pasillos, y recuerdo que me encanta. Todo. Así de golpe.

Pero mientras, aquí sigo, con el pellizco, no sé por qué. Porque cada año es siempre distinto, y este bastante más al coger de nuevo primero de ESO. Porque quiero seguir haciendo las cosas mejor, y cuando haces eso nunca sabes cómo va a salir todo. Porque es un trabajo que me encanta, pero un trabajo cansado. Un poco de todo supongo. Así que, un año más, no queda más remedio que cruzar los días que me quedan. Pensando en todo, pensando en nada. Y dentro de tres semanas podré volver a deciros lo que me gusta lo que hago.

J.

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Y sin embargo


Porque en realidad el círculo se cierra. Y es hermoso, y feliz, aunque haya que llorar un poco. Pero yo creía que bastaba con decir eso, y parece que no. Al final es como cuando Dorothy abandona Oz, “os quiero a todos, pero a ti te echaré más de menos, Espantapájaros”. ¿Dónde reside esa diferencia? Nunca es en lo mismo. Pero quizás sí que hay un elemento común, algo que no pasa siempre. Que quizás no pase casi nunca. Y ese algo es cuando de repente surge el cambio. La transformación. Y esa otra persona, que podía haber seguido siendo genial, comienza a desplegarse frente a tus ojos, y una chispa, un impulso, pone cosas en movimiento, rompe candados, derriba muros… Y con asombro puedes ver, pasados los días, semanas, meses, que si tú no hubieras existido, si no hubierais compartido esas cosas, ella sería algo completamente distinto. Y tú también. Porque todos los cambios se producen siempre en dos direcciones.

Así que termina este círculo, pero la verdad es que a ella la echaré mucho de menos, y no puedo negarlo. Porque en este tiempo la he visto cambiar, crecer, y aunque aún está en el camino, está en el camino, sin lugar a dudas. Y porque compartimos cosas que pocos entienden, un camino no demasiado transitado. Porque frente a ideas que hacen a muchos apartar la mirada, o quedarse en el exceso sin entender la sutileza, tenemos en común la grandeza, la luz que subyace a cualquier historia de horror y de oscuridad. Porque ella ha observado desde el primer escalón de la puerta que he abierto con mis libros, y ha mirado atrás sonriendo. No sé explicarlo de otro modo.

Hannibal

Quizás en otra realidad también nos conocemos, y compartimos cenas con carne de la mejor calidad. Quizás en alguno de los mundos que escribo nos cruzaremos. Mientras, aquí, ella continúa con su siguiente círculo y yo con el mío, pero me seguirá leyendo, y yo seguiré escribiendo sabiendo que me va a leer, y eso nos seguirá cambiando a los dos. Y es bueno. Porque los círculos siempre acaban volviendo a cruzarse.

J.

Algunos instantes perfectos


El viernes me vine de la graduación con unas cuantas lágrimas (de las buenas, de las que salen porque hay demasiadas emociones dentro y hay que dejar sitio), con muchos abrazos enormes, y con tres regalos perfectos. Sí, perfectos. Porque resumen lo que hemos compartido este año, porque reflejan lo que he sido para ellos. Porque hay infinidad de regalos adecuados para un tutor de cuarto. Una pluma, un reloj, un bono hotel. Valen para casi cualquiera. Pero mis regalos, los tres, sólo podían ser míos. Y son perfectos. El primero, una camiseta de mejor profe, con la portada de El Libro de Ivo. El segundo, un dibujo genial de un Zorro. Y el tercero, algo único e infinitamente hermoso, desde el principio hasta el final: un cuaderno en el que cada uno de mis alumnos y alumnas han escrito una página, hablándome de lo que he sido para ellos.

Regalos Graduacion-rY esto termina un ciclo. Y esto es lo que necesitaba, y ellos me lo han proporcionado. Una forma de ordenar todo lo que hemos sentido juntos, organizarlo, y guardarlo en su lugar escogido en mi corazón. Ahora, en esa libreta escribiré las palabras que les dediqué, y estará completo. Y estaremos completos. Llegará el verano, y luego el otoño, y el Juan del curso 2015-16 empezará de nuevo. Con todo lo vivido guardado entre las páginas de un librito, para que no se pierda. Y no importa cuántos volverán a cruzarse en mi camino y yo en el suyo (porque algunos nos cruzaremos, sin duda). No importa, porque los nosotros de aquí, de ahora, estamos para siempre en esas páginas.

J.

Galileo, 2012-2015


Como profesor, llega un momento en el que todas las graduaciones se parecen, porque al fin y al cabo este trabajo es cíclico. Como las estaciones. Sembrar, esperar a que crezcan, a que maduren. Y como las estaciones, siempre es diferente. Eso, desde aquí. Desde ahí, desde donde estáis vosotros, es único. Siempre. Porque al fin y al cabo esta no es mi historia, es vuestra historia, y nosotros, los que trabajamos a este lado, somos parte de ella pero nunca los protagonistas. Así que hoy vengo como profesor, como uno de los tutores de cuarto, porque el ciclo ha vuelto a llegar a ese instante. Y aquí estamos. Y como aquí estamos tendría que hablaros un poco desde donde estoy, y decir que hemos vivido cuatro años que han sido un comienzo, no un final. Que ahora viene el siguiente capítulo, más corto, más intenso, más duro. Que llegasteis a primero de ESO sin saber ni quién erais ni quién queríais ser, y que algunos incluso os vais teniéndolo una pizca más claro. De eso debería hablaros. Pero hoy se da una situación excepcional para mí. Porque esta graduación no se parece a ninguna de las otras en las que he estado. Porque las que vendrán después tampoco se parecerán. Así que quiero permitirme una licencia que puedes tomarte muy pocas veces, y durante un rato no hablaros como Juan Cuadra, tutor de cuarto, sino como Juan. Sin más.

¿Por qué? Porque en un mundo que es cíclico, este ha sido un año único para mí. Con frecuencia ser profesor es una profesión errante, al menos en los primeros años de ejercicio. Y para mí este ha sido el primer curso que paso tres años seguidos en un centro. Con lo cual este ha sido el primer año que paso tres cursos con los mismo alumnos y alumnas. Que no son alumnos y alumnas en abstracto. Que son estos alumnos y alumnas que tenemos aquí sentados. Que son mis alumnos y alumnas. Y ha sido genial. Y los voy a echar muchísimo de menos.

Cuando descubrí que me encantaba ser profesor tuve totalmente claro por qué me gustaba. Y no era por la asignatura de Lengua, ni por el horario, ni por las vacaciones. Me encanta ser profesor porque puedo trabajar con jóvenes como estos, compartir al año un montón de horas, y de sonrisas, y de disgustos y de maravillas. Me encanta ser profesor porque tengo el privilegio de verles crecer, cambiar, e incluso poner mi granito de arena en ello. Y al final, ver como se marchan. Y eso no me encanta, pero es parte inevitable del trabajo. Porque al final se van, siempre. Porque así es la vida. Así que cuando descubrí que me encantaba ser profesor, tuve también que decidir qué iba a hacer con esa pérdida, con esa ausencia constante que me iba a visitar año tras año. Y la respuesta me la dio el Zorro del Principito.

—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…

De esta manera el Principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.

—Tuya es la culpa —le dijo el Principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…

—Ciertamente —dijo el zorro.

—¡Y vas a llorar!, —dijo él Principito.

—¡Seguro!
—No ganas nada.

—Gano —dijo el zorro—, he ganado a causa del color del trigo.

Os vais. Porque es lo que iba a pasar. Y yo gano mucho. Muchísimo. Aunque os vaya a echar de menos. Y ahora mismo quizás la mayoría de vosotros estéis pensando que volveréis a hacernos alguna visita. De esos, tal vez la mitad lo vuelvan a pensar en Septiembre. Y de esos la mitad quizás busquen un momento para hacerlo entre el agobio del bachillerato. Y de esos la mitad se pasarán un día tal vez. No importa. Y eso es lo más genial de todo. No importa. La vida sigue y vosotros con ella. No nos volveremos a ver, quizás. O no en mucho tiempo. Pero recordaréis. Recordaréis el Galileo, los pasillos, los compañeros, las cosas que os pasaron aquí, e incluso a algunos profesores. Igual que nosotros os recordaremos. Y el instituto ya no es, no será nunca más un edificio. No para vosotros. No para mí. Ahora son mis campos de trigo, son el tiempo que he compartido con todos vosotros. Así que adiós, y gracias. Pero sobre todo gracias.

J.

Creer. Crear


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Esos momentos en los que todo parece inútil. Absurdo. Imposible. En los que crees que jamás lo que conseguirás. En los que crees que no vale la pena. Esos que llegan periódicamente. Cuando al final de curso, de un curso especialmente duro y complicado, te preguntas por qué sigues esforzándote en luchar contra corriente (y la corriente puede ser la estructura de la asignatura, del centro, del barrio, el sistema educativo en su conjunto…). Cuando gente que lleva mucho más tiempo que tú escribiendo reflexiona con fría tristeza que este es un trabajo de tontos, en el que se dedica un esfuerzo gigantesco a algo que no da rendimiento económico ni lo dará nunca, al menos al que escribe. Cuando lo haces lo mejor posible, y aún así todo se rompe, y tienes que alzar muros que ni siquiera te permiten mirar por una rendija, y seguir adelante, porque es el único modo de que las cosas se curen y crezcan. Esos momentos. Siempre vienen. Siempre. Y como siempre vienen, aprendes trucos de Zorro, que te ayudan a recordar que también se van. O, con suerte, tienes personas, libros, amigos imaginarios, que te lo recuerdan si tú te olvidas. Que das clase porque te encanta trabajar con gente joven, y siempre es diferente y genial, y ellos siempre te demuestran que estás haciendo las cosas bien; y ellos es lo que importa. Que nunca pensaste en escribir para ganar dinero, sino para contar historias que te gustaría leer; y misteriosamente hay otras personas a las que también les gusta leerlas, y te lo dicen. Que a veces para avanzar hacia adelante hay que ir hacia atrás, o hacia un lado, y que en realidad no importa, porque aquí puede ser mágico siempre, si te esfuerzas en crear primaveras y veranos. Que no todo va a salir siempre bien. Que no todo va a salir siempre mal. Que lo que importa es el camino. Y que hay que caminar. Volar. Arder.

J.

Desde este punto del camino


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Con senderos que están terminando, con senderos que comienzan. Con rutas que no sabes a dónde llevarán y rastros que abandono para siempre. Al final todo es el camino. Al final todo es movimiento. Y es sencillo perderse en ese andar sin fin. No perderse de no saber dónde estás; quizás perderse de no saber hacia dónde quieres ir, hacia dónde debes ir. O aún más, saber a dónde pero no saber cómo alcanzarlo. Y otros modos de perderse, como olvidar quién eres en el viaje, quién tenías pensado ser.

En este punto del camino para mí quedan cosas atras, a las que no volveré nunca. Personas y lugares que han de marcharse para siempre. Pero después vendrá otras nuevas, con el otoño. Los profesores vivimos primaveras inversas. El verano trae perder lo que te rodea junto a la extraña tarea de reencontrarte a ti mismo. De ver que no te has perdido en el camino. Que eres algo distinto a ese camino. Que hay otros caminos. Y es una liberación, pero una liberación agridulce. El que regresará en septiembre será otro yo, con otras personas distintas que también me sorprenderán, a las que también querré, que también se irán luego. Así es el caminar.

Son días agridulces. Cargados de otros caminos y otros agridulces. De felicidades inmensas y tranquilas tristezas. De hacer las cosas como deben hacerse, con lo complicado que suele ser. De echar de menos y de echar de más. Son días como son. Sin más. Y el hacerlos girar sobre sí mismos no harán que cambien. Así que seguiré, los pasos que me quedan, los días que me restan por este sendero. Y después, se habrá terminado. Y empezará.

J.

Asco de música (entrada furiosa)


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Esta es una entrada cabreada, avisados quedáis.

Cada vez me da más asco escuchar música. De verdad. Entre asco y furia, que va en aumento progresivo. Y no es ya el asco por lo evidente, que (casi) todo el mundo entiende que es una barbaridad, al menos después de dedicarle unos minutos a escuchar de verdad lo que se está diciendo. No, no es ya la repugnancia del machirulo pollaherida que surge como setas por todas partes, desde el acosador progresivamente más violento (hola, Hombres G) hasta el clásico pollaherida porque le han dicho que sólo amigos (hola, Mumford & Sons). E insisten en que tenemos que decir, “ains, que bonito”, porque ya Bécquer escribió lamentos de pollaherida, y entonces es bonito, y poético y romántico. Pero no voy a seguir por ahí, porque ya vengo suficientemente caliente como para meterme con el Romanticismo y todos los males que se acrecentaron desde ahí.

Hoy lo que me ha indignado mientras volvía en bicicleta era ese heteropatriarcado más de segundo plano, que no sólo defiende una única visión del mundo, sino que pone cara de sorprendido cuando le señalas que está dejando fuera a la mitad de la humanidad. La mitad que no tiene polla, evidentemente. La culpable de despertar mi ira ha sido la canción “Nuestra nación“, de La Raíz. Y hay que tener en cuenta que tampoco espero mucho de ellos. Básicamente se supone que es un grupo de gente joven, de izquierdas, multicultural, con letras que hablan contra los ricos y poderosos, contra la Iglesia, a favor de los inmigrantes, de latinoamérica, con las ideas de la internacionalidad de la izquierda… Todo ello muy de rebeldía de instituto, pero algo es algo (y mejor algo que nada, como suelo insistirle a mis alumnos en los exámenes). Pero es que según qué algos. Soy muy de izquierdas, soy muy laico, soy muy lo que quieras, y sin darme cuenta (o dándome) soy igual de machirulo que el resto. Primera invisibilización: La Raíz es un grupo. Con once integrantes. Todos tíos. Y nadie levanta ni una ceja. Once. Todos tíos. Claro, como no hay mujeres músicas. Será eso. Ahora imaginaos un grupo con once miembros que fuesen todo mujeres. Ya no sería un grupo, sería un grupo “de chicas”. Porque está el grupo normal, que es el de tíos (bueno, a lo mejor dejamos una bajista, o la cantante, pero sin pasarse), y el grupo de chicas, que es la categoría marcada, que es lo anormal, lo desplazado. Porque todo el mundo sabe que lo normal es que los tíos vayan de once en once por el mundo, ya nos lo han enseñado desde pequeños con el fútbol. Pero si se juntan once mujeres algo estarán tramando. Sospechas o casualidades sospechosas a parte, vamos a la canción en sí. Concretamente a su estribillo. Porque la cosa va más o menos de ser como Don Quijote, luchando por la justicia, etc., etc. Bien, correcto, así como de izquierdas, revolución, ideales… hasta que me sueltan esto:

Soñaremos con mil dulcineas en barras de bares de cada región
y aunque quemen los libros no quemarán nuestra canción.

Vale, en vuestra revolución el papel de la mujer está claro cuál es. En el bar, para el reposo del guerrero. En el momento en el que pones algo así estás siendo casi igual de machirulo que los que organizan las reuniones de negocios en fines de semana de cacería y putas, porque no concibes la posibilidad de que las mujeres estén haciendo de caballero y luchando contra las injusticias. Y me he cabreado. Mucho. Pero claro, es que quizás ellos no entienden que las mujeres pueden hacer cosas, porque en su realidad hay once tíos músicos por cada cero tía música, y lo compensan con camareras de bar. Y como estoy cabreado, me da igual ser injusto, o pensar que quizás lo han hecho sin mala intención, por ignorancia. Porque la ignorancia no es un eximente. Porque yo fui ignorante durante mucho tiempo, muy cómodo en mis privilegios, pero decidí dejar de ser ignorante, reconocer mis privilegios y dejar de estar cómodo con ellos. Porque no es normal. No es normal que un grupo de once tíos sea normal (mirad, pensad, contad otros grupos), no es normal que todas las mujeres de la revolución sean cantineras buenorras. No debería serlo. Hay que trabajar contra ello.

Ahora es cuando tratáis de hacer sangre y me decís que no me ponga tan bien puesto, que El libro de Ivo no supera el Test de Bechdel ni remotamente. Cierto. Lo descubrí después de haberlo escrito. Y El Libro de Sombra tampoco lo supera en realidad. Pero el mazazo fue cuando leí en Teoría King Kong sobre cómo construyen los hombres los personajes femeninos (no lo cito porque lo tengo prestado y quiero citarlo bien). Y eso me hizo replantearme muchas cosas, y por eso se ha ido trasformando El libro de Lucian y sobre todo El Libro de Siiri. Porque considero que es mi responsabilidad. Pero, ¿cómo lo transmito en el día a día? ¿Cómo junto a todos esos chavales y les hago entender que sí, que son unos machirulos porque les han criado así, pero que podrían dejar de serlo, que sería algo bueno que dejaran de serlo? Sigo sin tener respuestas, y me jode, y sigo pensando y buscando. Y no dejaré de hacerlo. Más cuando siguen cruzándose por mi camino canciones como esa. Como todas. O casi.

Moraleja: me voy a tener que pasar a las canciones instrumentales. Y a las que estén en finlandés, que no las entiendo. Y siempre me quedará Alanis Morissette, o Julieta Venegas.