Setiembre


Llegará. Entre las sombras y las olas. Con susurro de hojas. No sabemos aún si como camino o como destino, aunque siempre es como camino. Aún está demasiado alejado. Diminuto. Punto de luz como faro entre la bruma. Bruma de calor, y de trabajo, y de agosto. Pero está. Parpadeando a veces. Animándonos a seguir flotando. Navegando. Sumergiéndonos.

Septiembre llegará, y nos arrastrará hacia todo lo que venga detrás. Hacia lo nuevo. Hacia lo inesperado. Hacia lo que queremos ser y hacer, o tal vez no queremos, o no sabemos si queremos, o si somos o hacemos, pero vamos a hacerlo igualmente. Y a serlo. Y probablemente hasta a quererlo.

El mundo se detiene alrededor, queriendo aferrarse a julio, queriendo no escapar de agosto. Y nosotros mirando hacia septiembre. Y nosotros mirándonos en septiembre. Buscándonos entre el entonces y el ahora.

Llegará septiembre. Y allí me encontraré. Y me encontrarás.

J.

 

Quizás


Crisálidas, trampolines, andenes.

Maletas, meridianos, rutas.

Migraciones, pájaros, aviones.

Satélites, planetas, galaxias.

Billetes. Libros.

Zorros.

J.

Sincronicidades


Somos nuestras sincronicidades. Las que suceden y las que no. Cada vez que salta la chispa, cada vez que se cruza el pensamiento y llega el mensaje, la palabra, la mariposa, el camino vuelve a vibrar, vuelve a estar presente. Y seguimos siendo un poco más.

Y, del mismo modo, cuando nada responde a la estrella, al viento, al instante, dejamos de serlo un poco. Es como nos decimos que el universo nos dice que quizás ese no es el camino, no es el momento, no es la persona.

Que sigue siéndolo intensamente.

Así, vamos tejiendo las sincronicidades como si fueran un tapiz con sentido. Consintiendo que cada puntada nos encoja el corazón o nos lo ensanche. Sin querer aceptar que es azar. Sin querer decidir tal vez por nosotros mismos.

Porque es azar. ¿O no?

J.

Litha – Underwater


Respirar hondo. Ese es el primer paso. Dos, tres veces. Así, una vez que estás en el fondo, sólo tienes que dejar que el aire que llevas dentro te vaya elevando hacia la superficie. Y, si te dan las fuerzas, ir contemplando lo que te rodea. Incluso disfrutándolo. Aunque te falte el aliento.

Feliz Litha.

J.

PD:

Alis volat propriis


Al principio quería ser cosas grandes. Y no sabía lo que quería ser. Al principio estuve perdido, y en un sueño me dije cuál debía ser mi camino. Y no quería ser profesor. Profesor era lo más alejado a lo que yo aspiraba a ser. Después, porque todo gira, acabé encontrándome frente a una clase, en una práctica, sin querer ser profesor. Y entonces descubrí por primera vez que, entre todas las cosas, lo único que quería ser era eso: profesor. Y sin llegar a comprender totalmente por qué quería serlo, lo fui.

Aprendí entonces que quería ser profesor para enseñar cosas. Para tratar de despertar el interés por el conocimiento. Para, quizás, dejar algún recuerdo. Y en ese camino me desvestí de la gramática que me apasionaba en la carrera, y me envolví en literatura, en narrativa, en contar historias, incluida la mía, porque pensaba que ser profesor era eso.

Y seguí avanzando, y seguí girando. Y entonces comprendí que no quería ser profesor para enseñar cosas. Que el conocimiento no te convierte en profesor, ni siquiera la capacidad de transmitirlo. Fue cuando los alumnos que se cruzaban en mi camino me descubrieron que ser profesor implica querer a las personas con las que trabajas. Que quizás ese no sea el único camino, pero que era el que yo quería seguir. Y me transformé en un zorro. Y acepté que cada año iba a enamorarme, y cada año echaría de menos.

Después descubrí que había cosas mal. Y que no era justo. Y que yo era parte de esa injusticia. Y ante eso sólo puedes hacer dos cosas: nada, o algo. Así que decidí hacer algo. Y a esas personas a las que quería traté de empezar a trasmitirles esa percepción de que el mundo estaba mal, y de que había que hacer algo al respecto.  Y haciéndolo, comprendí que eso era ser profesor. Que eso era lo que me impulsaba cada mañana. Tratar de mejorar las cosas.

Y os aseguro que en cada cambio, en cada giro, no ha habido “alumnos”. Ha habido y hay personas con su nombre, con su rostro, con sus palabras, que me han ayudado a entender lo que tenía que ser, lo que debía ser. Y que han ido quedándose para siempre en este corazón de zorro.

Hasta que llegamos a este año. Hasta que llegaron ellas. Y ellas, con ellas, junto a ellas, gracias a ellas, he aprendido la última lección que me faltaba en esta etapa. Que lo que yo no soy capaz de hacer, sí pueden hacerlo mis alumnos. Y que es mi misión no ser ni un ancla, ni un timón, sino una brújula. Y que eso es ser profesor. Que eso es lo que quiero ser como profesor. Enseñar con toda mi pasión. Querer con todo mi corazón. Y después decir adiós con todo el orgullo y la felicidad que puedo albergar. Tienen dieciséis años. No sé si van a cambiar el mundo, no puedo saberlo. Pero sé que son totalmente capaces de hacerlo. Porque ya han cambiado el mío. Alis Volatis Propriis. Voláis con vuestras propias alas. Per Aspera Ad Astra. Por el sendero duro, hasta las estrellas.

Per Aspera Ad Astra.jpg

J.

Mareas


No podemos controlar las mareas. Tampoco luchar contra ellas. A veces podemos observar la luna, y tratar de predecirlas. Y otras sólo hay nubes, o un sol brillante. A veces esperas, esperas, y nunca llega la ola que puede llevarte a mar abierto. A veces se alza una tormenta y un golpe de mar te arrastra. A veces somos náufragos, a veces navegantes, a veces observadores desde la arena. A veces nos volvemos sal.

No podemos controlar las mareas. Y poco a poco voy aceptando que vivo en una isla. Repleta de sonrisas, y palabras, y estrellas. Pero una isla. Y sólo de la marea depende que llegue o no alguna barca a sus orillas. Que pueda salir de ella. Y son mareas. Extrañas y misteriosas mareas. Ni culpables, ni responsables. Sólo una luna que tira de nosotros a veces, a veces nos empuja. Así que respiro hondo (arena, sal, viento, noche), y vivo. No se puede esperar a la marea. Sólo dejar que te inunde cuando llegue.

J.

Puntos suspensivos


Entre lo que viene y aún no ha llegado. Entre las inspiraciones y los proyectos. Entre tus palabras y tu boca. Puntos suspensivos, recorriendo estos últimos días, llenándolos totalmente de posibilidades, casis e inminencias que aguardan apenas un poco más allá. Acelerando las horas y frenándolas, volviéndolas un torbellino de puntos que, girando en todas direcciones, no acaban de dar el último salto en ninguna de ellas.

Puntos suspensivos como gotas de agua, de luz, de vida, que descienden para unirse inevitablemente, para bañarme, para saciar la sed, para arrastrarme hecho torrente. Pronto. Casi.

Y desde ese instante congelado entre dos momentos, respiro hondo, paso miedo, disfruto. Y me lanzo. Muy, muy lentamente. Aguardando todo aquello que llegará cuando sea posible.

J.