Criar a un hombre, criar a un niño


Todo este tiempo llevo pensando que no me siento preparado para criar a un niño. Que la masculinidad tradicional y toda su toxicidad me supera. Que no sé nada de fútbol, ni de cosas de machotes ni de ser un hombre. Que lo voy a pasar muy mal con los intentos de socializar varonilmente, el bloqueo de las emociones, el machismo en el trato con las mujeres. Llevo mucho tiempo pensando que es una lucha que no sé si voy a poder ganar. Y me asustaba.

Pero entonces, el otro día finalmente me di cuenta de lo evidente (voy despacito con estas cosas, qué le vamos a hacer). Y es que yo no voy a criar a un hombre. Yo voy a criar a un niño. Y los niños no son así. No hasta que se lo hacemos ser. Y será una bolita sonriente y cariñosa, y le encantarán todas las cosas que hagan y tengan sus hermanas, porque sus hermanas serán lo mejor del mundo. Y entonces llegará lo demás.

Y ese niño crecerá en una casa donde nuestros superhéroes de cabecera son Wonder Woman y la Capitana Márvel y la Viuda Negra (que dice Clara que tiene aún más mérito porque hace todas las cosas sin poderes). Donde poner la lavadora, coser la ropa o hacer de comer es una cuestión de tiempo y organización, no de sexo. Donde su padre no podrá (ni querrá) evitar señalar lo impresionantemente atractivo que es el señor Jason Momoa. Donde, cuando crezca, podrá leer las aventuras de los héroes y heroínas de Neimhaim de Aranzazu Serrano, o de las distintas razas que pueblan el universo que recorre La Peregrina de Becky Chambers. Donde Góngora y Quevedo están bien, pero a Juana Inés de la Cruz hay que querarla igual o más. Una casa donde, como sus hermanas, podrá ser lo que quiera y como quiera.

Después vendrá el mundo, sí. Pero con suerte será un mundo un poquito diferente. Porque su padre y su madre y muchas más personas estamos haciendo todo lo posible porque así sea.

Con lo cual, sí. Si viene, cuando venga, estoy preparado para ese niño.

J.

41


Las canas. El tiempo que se escurre sin saber por dónde. Cuando dices “lo que he aprendido en estos últimos doce años como profesor”. Canciones, y canciones, y canciones, y cada una hablando de un lugar distinto, de un momento, de una persona. De la persona que era cuando sonaba.

Recuerdos y proyectos, y proyectos y recuerdos.

Cosas para las que no estás preparado. Cosas para las que sí. Cosas para las que quizás te lleves preparando toda la vida.

Abrazos y risas, y cuentos, y cuentos inventados. Ver crecer, ver cambiar, ver ser, y empezar de nuevo.

Perder.

Seguir adelante.

Soñar.

Eso he sido. Eso soy. Eso seré.

Allá vamos.

J.

(In)Defensión adquirida


Cuando vi hace un tiempo la película de El Mayordomo, lo que más me llamó la atención fue cómo en poco más de una generación se pasó de que los afroamericanos pasaran de ser vistos como un colectivo indefenso, y por lo tanto víctima de cualquier blanco, a ser un colectivo temible. El blanco paseaba por el barrio de negros y los negros se asustaban, y cincuenta años después es el blanco el que va asustado. Evidentemente es un análisis superficial, y no significa ni mucho menos que estés seguro si no eres blanco en EE.UU. Pero constata un hecho: la indefensión adquirida puede romperse. Es posible pasar de tener miedo a tener rabia. De tener rabia a que sea el otro el que deba tener miedo.

“Tenemos que educar a nuestros hijos para que no violen, para que no maten”. Pero, ¿quién educa a los padres, a los hermanos, a los amigos? ¿Y si no tenemos tiempo? Yo no tengo hijos que educar. Tengo hijas. Y estoy bastante seguro de que no soy capaz de cambiar el mundo (como educador, como persona) lo suficientemente rápido como para que sea un lugar donde se eduque sin machismo, donde se viva sin machismo. Con lo cual, mi única opción es aceptar que tendrán que vivir en ese mundo. Pero que no tienen por qué soportarlo.

Si hay muertos lo que tenemos no es un problema; si hay muertos, es una guerra, y yo quiero que mis hijas estén en el bando ganador, cueste lo que cueste, hasta que a los del otro lado no les quede más remedio que firmar la paz sin condiciones. Y yo cumpliré mi papel, que es darles las herramientas y los recursos para que si tienen que decir “si me tocas te parto la cara” no sea una amenaza, sino una opción. Mi papel, que es, cuando haga falta, pagarles la fianza, llevarlas a que les den puntos y que puedan decirme con satisfacción “si yo estoy así imagínate como he dejado el otro”. Criarlas, tristemente, como cualquier padre orgulloso y masculino se esfuerza en criar a sus hijos. Porque no quiero hijas buenas, quiero hijas vivas.

Esto es para mí que el miedo cambie de bando, no que un imbécil diga que no puede ir cómodo por las calles porque las mujeres le miran como un potencial agresor. Y no es el futuro que quiero (lo que quiero probablemente pueda venir después de eso), pero creo que es el futuro inmediato que necesitamos. Que necesitáis. Nec spe, nec metu. Ni esperanza ni miedo.

Si mañana soy yo, si mañana no vuelvo, destrúyelo todo. Si mañana me toca, quiero ser la última

J.

Días que se escapan (41)


Días largos, años cortos. Aún estoy tratando de aprender qué significa cuarenta, y ya casi están aquí los cuarenta y uno, con todo lo que he aprendido en el camino. Lo que he aprendido, sobre todo, de lo imposible. De lo que no va a ser nunca. Ya sé que nunca aprenderé a tocar el arpa, ni a hablar finlandés. Que no volveré a judo para finalmente sacarme el cinturón negro. Este es el momento en el que, desde el otro lado, empezáis a decir “aún hay tiempo”, “cuarenta y uno no es para tanto”, y demás variantes. Y entonces yo tengo que responder que no, que nunca va a suceder. Pero no porque no haya tiempo. Porque el tiempo es demasiado valioso.

Cuando giren las horas, cuando surjan momentos, no haré nada de eso, porque no vale la pena. Eso es lo que he aprendido en el camino. A disfrutar el camino, a aferrarlo con fuerza, en vez de tratar de entretejerlo cada vez más lejos, cada vez más amplio. No aprenderé finlandés porque estaré escribiendo, no conseguiré el cinturón negro porque estaré paseando y haciendo picnics, no tocaré el arpa porque estaré viviendo de cualquier otra forma. Y estará bien. Más que bien.

Y sí, quizás me sorprenda. Pero creo que ya tengo bastante claro quién soy, quién quiero seguir siendo. Así que me vais a permitir que me concentre en ese seguir siéndolo, sin más. Hay horas de sobra que llenar solo con eso. Cuarenta y un años. Hasta otros cuarenta y un más.

J.

Hopeless


A veces llegan golpes que te hacen tambalearte entero. Que te arrancan el aliento y las fuerzas. Que te hacen decir “¿y ahora como sigo?”. Que dejan la página en blanco, y la miras pensando que no tiene sentido tratar de llenarla. Pero entonces recuerdas que escribir no es una tarea para cuando estás bien. Que escribir es parte de lo que te hace estar bien. Que escribir cura. Que es algo inevitable. Y vuelves a la tarea. Y vuelvo a la tarea.

J.

Septiembre, 2018


Es septiembre, y regreso de vuelta al torbellino
de los días sin horas y las horas sin días,
de las mismas tristezas, distintas alegrías,
de hacer siempre distinto este mismo camino.

De nuevo al remolino de mañanas con prisa,
de las noches de insomnio, de problemas futuros,
de las listas eternas, los finales seguros,
de las tardes de clases, de meriendas, de risa.

Y los meses me embisten disfrazados de olas,
las semanas me llevan con impulso de río,
y en los rayos de sol puede olerse ya el frío,
y un trueno de tormenta suena en las caracolas.

Girarán las estrellas, y nosotros veremos
hacia dónde nos lleva este eterno  tornado,
entre lo que se espera, entre lo inesperado,
cambiando lo que somos hasta lo que seremos.

J.

El camino del héroe


Hay cosas para las que crees que no estás preparado.

Hay cosas para las que no estás preparado.

Hay cosas para las que nadie puede estar preparado.

Y, entre todas ellas, hay cosas que debes hacer, hay cosas que tienes que hacer, hay cosas que deben ser hechas.

Al final, si miras lo suficientemente atrás en el espejo, no te reconoces. Y eso debe ser lo correcto. No hay otra forma de llegar hasta donde has llegado. No hay otra forma de hacer lo que era imposible. Lo que te era imposible. No hay otra forma de seguir avanzando.

Seguir. Llegar. Partir.

J.

Imagen por Peterix, via DeviantArt