Que ya no era de abril, que aún no de mayo

No sé si alguna vez llegamos a expresarlo exactamente de esa forma. Supongamos que sí.

“¿Con quién te irías a una isla desierta?”.

Y la respuesta estaba clara. Porque teníamos veinte años, o ni siquiera eso, y el mundo era lo más alejado posible a las islas y los desiertos.

“Contigo, sin dudarlo”.

Luego, ha venido el tiempo, los meses se han convertido en años. Veinte, para ser exactos. Somos de números redondos. Y no hemos conocido islas desiertas, pero aquí estamos, confinados en un piso de sesenta metros cuadrados con tres niños. Seguro que hay islas desiertas más cómodas, o al menos más espaciosas. Aire fresco, cielo azul.

Y la pregunta, de repente, se vuelve trascendente. Tiene una aplicación práctica. ¿Con quién, ahora que sabes cómo es la realidad? Y la respuesta sigue siendo la misma, veinte años después.

Contigo.

Sin pensarlo.

A islas desiertas y a pisos repletos.

Por caminos difíciles, hasta las estrellas.

Siempre contigo. Por lo menos, otros veinte años más. Y, después, volveremos a hacernos la pregunta, y a no sorprendernos de que la respuesta sigue siendo la misma.

J.

Aprovechando el momento…

Aprovechando el momento, con el fin de año que me hace reflexivo y la proximidad inevitable de unos cuarenta y dos años que no sé de dónde han salido, pero que no puedo negar que están ahí, quería pararme un segundo para agradecerte.

Quería agradecerte tres hijos, una casa, una gata malvada. Un centenar de sitios a los que no hemos podido ir todavía, y todos los proyectos que no hemos realizado.

Los veinte años ya, que han pasado volando. Los veinte siguientes, para hacer lo que falta.

Por lo demás, estoy de acuerdo con el señor García Montero.

Yo no he sabido darte una ventana
con vistas al amor de los prudentes,
ni he cortado las rosas obedientes
que cultivan el orden del mañana.

Tampoco soy el hombre que se afana
en las puntualidades reverentes.
Mis cuatro corazones son conscientes
del viento que me sigue y que me gana.

Pero sí puedo darte un todavía,
un modo de romper la luz del día.
una resolución imprevisible.

Mi quizá, mi tal vez, mi tan siquiera,
mis dudas, mi lluviosa enredadera,
de todo lo posible, lo imposible.

Luis García Montero / Quique González

Criar a un hombre, criar a un niño

Todo este tiempo llevo pensando que no me siento preparado para criar a un niño. Que la masculinidad tradicional y toda su toxicidad me supera. Que no sé nada de fútbol, ni de cosas de machotes ni de ser un hombre. Que lo voy a pasar muy mal con los intentos de socializar varonilmente, el bloqueo de las emociones, el machismo en el trato con las mujeres. Llevo mucho tiempo pensando que es una lucha que no sé si voy a poder ganar. Y me asustaba.

Pero entonces, el otro día finalmente me di cuenta de lo evidente (voy despacito con estas cosas, qué le vamos a hacer). Y es que yo no voy a criar a un hombre. Yo voy a criar a un niño. Y los niños no son así. No hasta que se lo hacemos ser. Y será una bolita sonriente y cariñosa, y le encantarán todas las cosas que hagan y tengan sus hermanas, porque sus hermanas serán lo mejor del mundo. Y entonces llegará lo demás.

Y ese niño crecerá en una casa donde nuestros superhéroes de cabecera son Wonder Woman y la Capitana Márvel y la Viuda Negra (que dice Clara que tiene aún más mérito porque hace todas las cosas sin poderes). Donde poner la lavadora, coser la ropa o hacer de comer es una cuestión de tiempo y organización, no de sexo. Donde su padre no podrá (ni querrá) evitar señalar lo impresionantemente atractivo que es el señor Jason Momoa. Donde, cuando crezca, podrá leer las aventuras de los héroes y heroínas de Neimhaim de Aranzazu Serrano, o de las distintas razas que pueblan el universo que recorre La Peregrina de Becky Chambers. Donde Góngora y Quevedo están bien, pero a Juana Inés de la Cruz hay que querarla igual o más. Una casa donde, como sus hermanas, podrá ser lo que quiera y como quiera.

Después vendrá el mundo, sí. Pero con suerte será un mundo un poquito diferente. Porque su padre y su madre y muchas más personas estamos haciendo todo lo posible porque así sea.

Con lo cual, sí. Si viene, cuando venga, estoy preparado para ese niño.

J.

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Las canas. El tiempo que se escurre sin saber por dónde. Cuando dices “lo que he aprendido en estos últimos doce años como profesor”. Canciones, y canciones, y canciones, y cada una hablando de un lugar distinto, de un momento, de una persona. De la persona que era cuando sonaba.

Recuerdos y proyectos, y proyectos y recuerdos.

Cosas para las que no estás preparado. Cosas para las que sí. Cosas para las que quizás te lleves preparando toda la vida.

Abrazos y risas, y cuentos, y cuentos inventados. Ver crecer, ver cambiar, ver ser, y empezar de nuevo.

Perder.

Seguir adelante.

Soñar.

Eso he sido. Eso soy. Eso seré.

Allá vamos.

J.