El miedo debe cambiar de bando y darnos el tiempo que necesitamos


Llevo ya unos cuatro años trabajando en feminismo e igualdad en el instituto, quizás cinco. Desde la asignatura de Valores Éticos, de Educación para la Ciudadanía, desde tutoría. Desde donde se ha podido. Los resultados en este tiempo me han llenado de ilusión y de frustración a partes iguales. Seguro que ya sabéis qué partes. Con las chicas con las que he tenido la suerte de trabajar, me he encontrado que o bien entendían perfectamente de lo que estaba hablando, o que incluso ya venían con una formación aunque fuese inicial en feminismo. Y hemos hecho cosas, y hemos cambiado cosas, por dentro y por fuera, y nos hemos indignado, y hemos aprendido en ese camino en común. Ahí la ilusión, por supuesto. Con los chicos ha sido más complicado. Entre complicado e inútil. En estos años me ha parecido que era prácticamente imposible lograr que un chico de quince años se escape de la capa patriarcal que lo impregna todo. Si queréis cifras, diría que un 5-10% de los alumnos con los que he trabajado, como mucho, han cambiado en algo después de todos mis esfuerzos. Medio en broma medio en serio he dicho más de una vez que las clases de Valores Éticos con chicos tendría que darlas con un palo. Si no quieren aceptar que viven en una posición privilegiada, y que esas actitudes que, consciente o inconscientemente tienen, son algo que hay que abandonar por muy cómodos que estén con ellas, palo. Al más clásico estilo del Tío la Vara. Que no es que sea muy pedagógico, pero era la expresión final a modo de deseo de mi frustración. No entiendo a los hombres como grupo, no comparto casi nada con ellos, y no sé cómo cambiarlos. Soy una piltrafa de profesor.

Pero de repente ha pasado. De la nada, ha surgido el palo justiciero, y una serie de mujeres han comenzado a hablar, y ha habido consecuencias. En las altas esferas, hombres balbuceando distintas versiones de “No era mi intención”, “Si alguien se ha sentido ofendida, mis disculpas”, y otras variantes sorprendidas de la incapacidad para aceptar que eres una mala persona, y que el hecho de que otras muchas lo sean o que se te haya permitido hasta ahora no te hace mejor. Esas altas esferas han tenido ecos, evidentemente. “Pues a ver si ahora ya no se va a poder hacer nada”, “Es que a la mínima te denuncian”. Etcetera, etcetera.  Son frases geniales, asombrosas. Son frases que expresan indignación, incomprensión y sí, miedo. Miedo que quizás lleve a dejar de hacer cosas, a pensárselas, a detenerse. Miedo que con suerte dará aire, espacio y vida a la otra mitad del mundo. “A ver si ahora va a haber que pedir permiso para todo”. Pues sí. Si tienes la mínima duda, sí. Si estás tan cegado por los privilegios, el abuso y la normalización de la violencia, que ya no tienes ni puta idea de qué es una relación consentida y qué no, tendrás que aprender a pedir permiso. Y a pasar un poco de miedo, que no te vendrá mal. Y a esas protestas podemos sumar las voces indignadas que intentan justificar una vez más lo injustificable, pero que esta vez no vamos a aceptar. Queremos que todo tenga las consecuencias que debe. Fuera de la serie, de la producción, del trabajo. O a pudriros en la cárcel hasta que nos olvidemos de lo que hicisteis, y tened la certeza de que no lo vamos a olvidar. El miedo debe cambiar de bando. Buceando en los pozos de mierda de internet parece, quizás, que está empezando a hacerlo. Una pizca.

Y si lo hace, si cambia de bando, eso nos dará tiempo. A muchas tiempo de vida, de paz, de libertad. Y a mí personalmente, tiempo para intentar educar. Para ir transformando poco a poco la percepción, y que de “no lo voy a hacer porque hay consencuencias” se vaya pasando a “no lo voy a hacer porque es inaceptable hacerlo”. No sé si podré. Voy a intentarlo, a seguir intentándolo. Y estos días, entre el asco y la furia, tengo también un poco más de esperanza.

J.

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Camino a Samhain


Quizás nos veáis, pero probablemente no seáis conscientes de ello. No habrá escobas, ni demonios, ni sangre. Nos encontraréis quizás, abriendo las ventanas y saludando al aire del otoño, con una sonrisa y olor a incienso. Deteniéndonos un segundo más de la cuenta junto a un árbol, quizás acariciando su corteza. Mezclando una baraja con demasiadas cartas como para ser útil para nadie más. Eligiendo velas. Cuencos. Hojas. Cocinando. Sintiendo que ya llega.

Quizás para vosotros el mundo son líneas, páginas. Y dentro de un par de meses estéis pensando en finales, en comienzos. Pero para nosotros los años son giros, y ahora sólo podemos pensar en girar, girar, girar; en que la rueda vuelva a su punto álgido, y continúa, continúa, continúa. Y nosotros con ella. Cambiando. Creciendo. Siendo.

Llegará la noche, y aquí y allá los niños y niñas saldrán disfrazados. No todos, pero los suficientes. Pidiendo caramelos sin saber por qué los piden. Y si nos cruzamos con una pequeña bruja, sonreirémos, y quizás un pentáculo brille un instante en nuestro cuello. Quizás no. Y con eso será suficiente. Castaña, calabaza, risas. Y cuando finalmente todo quede tranquilo, nos perderemos durante un momento en Samhain. En nuestro Samhain.

Ya viene. Feliz encuentro. Feliz partida.

J.

Girando


Aferrarse con fuerza.

Soltarse.

Buscar asideros incluso en lo más liso.

Dejarse caer, deslizándose.

No tener miedo.

Estar aterrado.

Querer que nada cambie.

Cambiarlo todo.

No necesitar.

Querer compartir contigo.

Ser un planeta.

Ser un cometa.

Marcharse para siempre.

Volver a buscarte.

O no.

Una

vez

más.

Todo

gira.

Y yo con ello.

J.

Quizás


Crisálidas, trampolines, andenes.

Maletas, meridianos, rutas.

Migraciones, pájaros, aviones.

Satélites, planetas, galaxias.

Billetes. Libros.

Zorros.

J.

Sincronicidades


Somos nuestras sincronicidades. Las que suceden y las que no. Cada vez que salta la chispa, cada vez que se cruza el pensamiento y llega el mensaje, la palabra, la mariposa, el camino vuelve a vibrar, vuelve a estar presente. Y seguimos siendo un poco más.

Y, del mismo modo, cuando nada responde a la estrella, al viento, al instante, dejamos de serlo un poco. Es como nos decimos que el universo nos dice que quizás ese no es el camino, no es el momento, no es la persona.

Que sigue siéndolo intensamente.

Así, vamos tejiendo las sincronicidades como si fueran un tapiz con sentido. Consintiendo que cada puntada nos encoja el corazón o nos lo ensanche. Sin querer aceptar que es azar. Sin querer decidir tal vez por nosotros mismos.

Porque es azar. ¿O no?

J.

Mareas


No podemos controlar las mareas. Tampoco luchar contra ellas. A veces podemos observar la luna, y tratar de predecirlas. Y otras sólo hay nubes, o un sol brillante. A veces esperas, esperas, y nunca llega la ola que puede llevarte a mar abierto. A veces se alza una tormenta y un golpe de mar te arrastra. A veces somos náufragos, a veces navegantes, a veces observadores desde la arena. A veces nos volvemos sal.

No podemos controlar las mareas. Y poco a poco voy aceptando que vivo en una isla. Repleta de sonrisas, y palabras, y estrellas. Pero una isla. Y sólo de la marea depende que llegue o no alguna barca a sus orillas. Que pueda salir de ella. Y son mareas. Extrañas y misteriosas mareas. Ni culpables, ni responsables. Sólo una luna que tira de nosotros a veces, a veces nos empuja. Así que respiro hondo (arena, sal, viento, noche), y vivo. No se puede esperar a la marea. Sólo dejar que te inunde cuando llegue.

J.

Primavera urgente (Ostara)


Así, entre algunos que sólo se preocupan por la primavera que no llega, otros que la reciben como se merece, y a los que les resulta indiferente, a mí este año la primavera me ha pillado de sorpresa casi, con una sensación de atropello, de falta de tiempo. De que urgentemente tengo que primaverarme, y no sé cómo, y mucho menos cuándo.

Necesito, quizás, una prórroga. Unos instantes más para encontrar la cinta para atar el tiempo, para desplumar arcángeles glaciales, para terminar de completar el inventario de lugares propicios al amor. No llego. No me llegan. No nos encontramos, dando vueltas entre estaciones caóticas y trenes florales o tormentosos. Y, si no hay primavera, no hay beso. Supongo.

Así que avanzaré un poco más, a ciegas, a trompicones, guiado por el olor de la brisa, el calor que casi sientes en la punta de los dedos, o quizás por pura inercia, porque son casi cuarenta caídas ya por la rueda del año, y al final acabas dejando que tu instinto te diga cuándo agacharte, cuándo volver a ponerte en pie. Cuándo llega la primavera. Cuándo aún tienes que esperarla. Y cuándo no queda más remedio que remangarse e ir en su busca.

J.