Los fuegos de Litha, 2018


Termina una rueda. Empieza una rueda. Y en cada punto del giro significa una cosa diferente. Litha siempre se me escurre entre los dedos, porque me habla de trabajo, de notas, de alumnas y alumnos que quiere ver cómo ha terminado su rueda, de la prisa por correr hacia los fuegos de Lugnasad y perderse en el verano. Pero este año Litha me ha encontrado forzosamente parado, entre toses y medicinas, con lo cual he podido parar un instante, mirar atrás, mirar adelante. Todo lo que he cambiado. Todo lo que he aprendido. Todo lo que he luchado. Y ahora, cuatro giros más de la rueda como director.

Mañana el sol comenzará a reducir sus horas, y me da la impresión de que Litha me descubre por primera vez su significado. Planificación. Siembra. Proyectos que se entierran ahora profundamente en la tierra, que irán germinando lentamente. Es el momento de trabajar en cosas aún invisibles. Del silencio y la sonrisa cansada y la mirada en el horizonte. De elegir caminos, aunque aún no sea el momento de recorrerlos. De elegir las cosas que deberán arder más adelante.

Vendrán. Cambios. Problemas. Esfuerzos. Risas. Vendrá todo. Y seguiremos.

J.

 

(Imagen de Omelettu via DeviantArt)

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Yo no sé muchas cosas, pero sé…


No sé de leyes penales. Soy profesor, simplemente eso. Y, como profesor, llevo doce años trabajando educación afectiva y sexual. Hablando de consentimiento y de acoso, de violencia y de libertad. Y al acabar las clases siempre termino con la tranquilidad de que mis alumnos han comprendido lo que significa el consentimiento positivo y que, si no lo hay, entonces no existe consentimiento alguno. Que no hacen falta golpes para intimidar. Que existen muchas formas de violencia. Algún día probablemente alguno de mis alumnos llegue a juez o jueza. Con suerte, no lo habrá olvidado.

J.

Agujas


No me gustan los relojes con el segundero continuo.
Avanzan sin pausa, y los miro,
y me quedo atrapado,
y me falta el aire.
Por ellos el tiempo se me escapa,
desangrándose.
Me gustan los segunderos lentos,
sesenta golpes por minuto,
sesenta pausas.
Sesenta instantes para pensar
que el tiempo puede detenerse.
Solo me gustan los relojes
que me dicen mentiras.

J

Invierno en primavera


Al principio la muerte es tan lejana que parece algo ajeno, lo que le sucede a otros. Tan distante que lo inevitable parece evitable.

 Y de repente llega. Porque el tiempo tiene esa cualidad, y al final todo es de repente. No estamos preparados para el transcurrir de los años. Y entonces un día la muerte crea agujeros. Donde había algo, sólo crece nada. El espacio se vuelve vacío. Los sonidos, silencio.

Con el tiempo suficiente, la propia existencia, agujereada, se va transformando en fragmentos incompletos de lo que fue. Y vagamos perdidos de un espacio vacío a otro. Entre lo que se perdió y lo que no podrá ser. No podemos completar la nada. No podemos deshacer el silencio. ¿Qué nos queda entonces? ¿Qué herramienta? ¿Qué escudo? ¿Qué hilo para volver a tejer la vida?

Recuerdos. Para cada cuerpo que ya no arroja sombra. Para cada palabra que ya no será pronunciada. Porque lo fue. Y las ondas de lo que se dijo, lo que se hizo, lo que se era, se expanden en cada uno de nosotros, en todos los que nos cruzamos en su camino. Y la muerte podrá arrancarnos todo lo demás, pero no los recuerdos.

J.

Invierno – Lento


Invierno. Hojas desnuda y raíces profundas. Savia lenta y fruto pensativo.

Y el invierno es silencio, y murmullo, y lluvia.

Y un “nos veremos pronto”. “Te espero en primavera”. “Te quiero sin que vengas”.

Y el invierno es abrazo, y fuego que calienta, y un soplo de aire fresco que te llena de vida. Sí, de vida también. Y crecer sin pensarlo.

Somos cada momento del camino. A veces rápido. A veces lento.

J.

Persistencia 


Persistencia. Ni los golpes me duelen menos, ni las ausencias se aceleran. No tengo armadura ni espada para luchar con monstruos. Soy a lo sumo como el árbol, que no deja de crecer, rodeando y envolviendo lo que le frena, lo que le encierra, lo que le duele. Soy raíces hacia el agua y hojas hacia la luz.

Maple tree, por Porbital/DeviantArt

Persistencia. Lo que permanece. Y aquí pienso seguir. Indiferente al tiempo. Caminando de un cambio de luna al siguiente. Para que puedas encontrarme siempre. Porque no pienso dejar de ir a buscarte.

Cuarenta años es un momento estupendo para estar a mitad de todos los caminos, y eso no podía saberlo con veinte.

J.

Casi 40 – a veinte de los veinte


El otro día me asaltaron una sucesión de flashbacks tremendamente detallados y poderosos, sacudiéndome con fuerza. Tengo la probablemente sana tendencia a no pensar en sucesos lejanos. De hecho, doy por sentado que no voy a recordar a nadie del colegio, y casi nadie del instituto. Bastante tengo con todas las caras de instituto que tengo que recordar ahora. Pero, sin venir especialmente a cuento, me encontré dando un repaso completo a todo lo que fue, digamos, de los 17 a los 20 años. Y me vi como era, y rememoré esas emociones, pensamientos, ideas.

No fue bueno, por si os lo estáis preguntando. Yo era un desastre de persona en esa época, a todos los niveles. Mi vida era frustrante, amarga, y no sabía qué hacer con ella. Iba sin rumbo, pegándome de cabezazos con mis deseos, con la realidad, conmigo mismo. Y al recordarme me di mucha lástima, y al mismo tiempo sentí un alivio inmenso. Es cierto que después empecé a encontrar un poco un camino, más adelante lo fui convirtiendo en el mío, y hoy sé perfectamente dónde estoy, e incluso hacia dónde quiero seguir yendo (porque siempre se va hacia algún sitio). Veinte años me ha costado.

¿Y a qué viene todo esto? ¿Mensaje de superación optimista por llegar a los cuarenta? En realidad no. En realidad tiene más que ver con esos alumnos y alumnas mías que me dicen con 18 años que no tienen claro qué hacer con su vida. O con 16. Y a los que yo sólo puedo decirles “pues claro”, “hay tiempo de sobra”, aunque no lo sean capaces de entenderlo. Primero, el tiempo se acelera y te lanza hasta que escapas del instituto. Y después llega el pantano de la falsa vida adulta, donde te quedas atrapado, danzando un tiempo indefinido. Esos son los años duros de verdad, y mi más enorme abrazo a todos aquellos que aún estáis lidiando con la peregrinación que, digamos, rodea a los 20-25. Espero que lo estéis llevando mejor de lo que lo llevé yo. Y que nos veamos en vuestros cuarenta, a ver qué tal.

J.

PD: Vale, quizás sí que sea otra palmadita de autoestima para los inminentes 40, pero sólo un poco. Lo justo.