Hopeless


A veces llegan golpes que te hacen tambalearte entero. Que te arrancan el aliento y las fuerzas. Que te hacen decir “¿y ahora como sigo?”. Que dejan la página en blanco, y la miras pensando que no tiene sentido tratar de llenarla. Pero entonces recuerdas que escribir no es una tarea para cuando estás bien. Que escribir es parte de lo que te hace estar bien. Que escribir cura. Que es algo inevitable. Y vuelves a la tarea. Y vuelvo a la tarea.

J.

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Mañana


Hoy no tengo fuerzas. Para los problemas cotidianos, para la lucha diaria, para las cuestas arriba. No tengo fuerzas para clases, ni alumnos, ni padres. Ni para los pasillos ni para las salas de profesores. Tampoco para los despachos. Ni para lo urgente ni para lo necesario. Pero mañana iré ello. Mañana volveré al mundo, porque más allá de nuestras puertas el tiempo no se para, y corre inevitablemente. Porque los días siguen empujando uno tras otro sin que les preocupe cómo ni hacia dónde. Porque ahí fuera las agujas se aceleran. No les importa que aquí un reloj se haya parado para siempre, y que no sepamos qué hacer aún con todas esas horas que ahora nos faltan, nos sobran.

Así que mañana saldré. Sin encontrarme aún. A pasear ese espacio vacío que ahora envuelvo.

J.

Septiembre, 2018


Es septiembre, y regreso de vuelta al torbellino
de los días sin horas y las horas sin días,
de las mismas tristezas, distintas alegrías,
de hacer siempre distinto este mismo camino.

De nuevo al remolino de mañanas con prisa,
de las noches de insomnio, de problemas futuros,
de las listas eternas, los finales seguros,
de las tardes de clases, de meriendas, de risa.

Y los meses me embisten disfrazados de olas,
las semanas me llevan con impulso de río,
y en los rayos de sol puede olerse ya el frío,
y un trueno de tormenta suena en las caracolas.

Girarán las estrellas, y nosotros veremos
hacia dónde nos lleva este eterno  tornado,
entre lo que se espera, entre lo inesperado,
cambiando lo que somos hasta lo que seremos.

J.

Los fuegos de Litha, 2018


Termina una rueda. Empieza una rueda. Y en cada punto del giro significa una cosa diferente. Litha siempre se me escurre entre los dedos, porque me habla de trabajo, de notas, de alumnas y alumnos que quiere ver cómo ha terminado su rueda, de la prisa por correr hacia los fuegos de Lugnasad y perderse en el verano. Pero este año Litha me ha encontrado forzosamente parado, entre toses y medicinas, con lo cual he podido parar un instante, mirar atrás, mirar adelante. Todo lo que he cambiado. Todo lo que he aprendido. Todo lo que he luchado. Y ahora, cuatro giros más de la rueda como director.

Mañana el sol comenzará a reducir sus horas, y me da la impresión de que Litha me descubre por primera vez su significado. Planificación. Siembra. Proyectos que se entierran ahora profundamente en la tierra, que irán germinando lentamente. Es el momento de trabajar en cosas aún invisibles. Del silencio y la sonrisa cansada y la mirada en el horizonte. De elegir caminos, aunque aún no sea el momento de recorrerlos. De elegir las cosas que deberán arder más adelante.

Vendrán. Cambios. Problemas. Esfuerzos. Risas. Vendrá todo. Y seguiremos.

J.

 

(Imagen de Omelettu via DeviantArt)

Yo no sé muchas cosas, pero sé…


No sé de leyes penales. Soy profesor, simplemente eso. Y, como profesor, llevo doce años trabajando educación afectiva y sexual. Hablando de consentimiento y de acoso, de violencia y de libertad. Y al acabar las clases siempre termino con la tranquilidad de que mis alumnos han comprendido lo que significa el consentimiento positivo y que, si no lo hay, entonces no existe consentimiento alguno. Que no hacen falta golpes para intimidar. Que existen muchas formas de violencia. Algún día probablemente alguno de mis alumnos llegue a juez o jueza. Con suerte, no lo habrá olvidado.

J.

Agujas


No me gustan los relojes con el segundero continuo.
Avanzan sin pausa, y los miro,
y me quedo atrapado,
y me falta el aire.
Por ellos el tiempo se me escapa,
desangrándose.
Me gustan los segunderos lentos,
sesenta golpes por minuto,
sesenta pausas.
Sesenta instantes para pensar
que el tiempo puede detenerse.
Solo me gustan los relojes
que me dicen mentiras.

J

Invierno en primavera


Al principio la muerte es tan lejana que parece algo ajeno, lo que le sucede a otros. Tan distante que lo inevitable parece evitable.

 Y de repente llega. Porque el tiempo tiene esa cualidad, y al final todo es de repente. No estamos preparados para el transcurrir de los años. Y entonces un día la muerte crea agujeros. Donde había algo, sólo crece nada. El espacio se vuelve vacío. Los sonidos, silencio.

Con el tiempo suficiente, la propia existencia, agujereada, se va transformando en fragmentos incompletos de lo que fue. Y vagamos perdidos de un espacio vacío a otro. Entre lo que se perdió y lo que no podrá ser. No podemos completar la nada. No podemos deshacer el silencio. ¿Qué nos queda entonces? ¿Qué herramienta? ¿Qué escudo? ¿Qué hilo para volver a tejer la vida?

Recuerdos. Para cada cuerpo que ya no arroja sombra. Para cada palabra que ya no será pronunciada. Porque lo fue. Y las ondas de lo que se dijo, lo que se hizo, lo que se era, se expanden en cada uno de nosotros, en todos los que nos cruzamos en su camino. Y la muerte podrá arrancarnos todo lo demás, pero no los recuerdos.

J.