Alis volat propriis


Al principio quería ser cosas grandes. Y no sabía lo que quería ser. Al principio estuve perdido, y en un sueño me dije cuál debía ser mi camino. Y no quería ser profesor. Profesor era lo más alejado a lo que yo aspiraba a ser. Después, porque todo gira, acabé encontrándome frente a una clase, en una práctica, sin querer ser profesor. Y entonces descubrí por primera vez que, entre todas las cosas, lo único que quería ser era eso: profesor. Y sin llegar a comprender totalmente por qué quería serlo, lo fui.

Aprendí entonces que quería ser profesor para enseñar cosas. Para tratar de despertar el interés por el conocimiento. Para, quizás, dejar algún recuerdo. Y en ese camino me desvestí de la gramática que me apasionaba en la carrera, y me envolví en literatura, en narrativa, en contar historias, incluida la mía, porque pensaba que ser profesor era eso.

Y seguí avanzando, y seguí girando. Y entonces comprendí que no quería ser profesor para enseñar cosas. Que el conocimiento no te convierte en profesor, ni siquiera la capacidad de transmitirlo. Fue cuando los alumnos que se cruzaban en mi camino me descubrieron que ser profesor implica querer a las personas con las que trabajas. Que quizás ese no sea el único camino, pero que era el que yo quería seguir. Y me transformé en un zorro. Y acepté que cada año iba a enamorarme, y cada año echaría de menos.

Después descubrí que había cosas mal. Y que no era justo. Y que yo era parte de esa injusticia. Y ante eso sólo puedes hacer dos cosas: nada, o algo. Así que decidí hacer algo. Y a esas personas a las que quería traté de empezar a trasmitirles esa percepción de que el mundo estaba mal, y de que había que hacer algo al respecto.  Y haciéndolo, comprendí que eso era ser profesor. Que eso era lo que me impulsaba cada mañana. Tratar de mejorar las cosas.

Y os aseguro que en cada cambio, en cada giro, no ha habido “alumnos”. Ha habido y hay personas con su nombre, con su rostro, con sus palabras, que me han ayudado a entender lo que tenía que ser, lo que debía ser. Y que han ido quedándose para siempre en este corazón de zorro.

Hasta que llegamos a este año. Hasta que llegaron ellas. Y ellas, con ellas, junto a ellas, gracias a ellas, he aprendido la última lección que me faltaba en esta etapa. Que lo que yo no soy capaz de hacer, sí pueden hacerlo mis alumnos. Y que es mi misión no ser ni un ancla, ni un timón, sino una brújula. Y que eso es ser profesor. Que eso es lo que quiero ser como profesor. Enseñar con toda mi pasión. Querer con todo mi corazón. Y después decir adiós con todo el orgullo y la felicidad que puedo albergar. Tienen dieciséis años. No sé si van a cambiar el mundo, no puedo saberlo. Pero sé que son totalmente capaces de hacerlo. Porque ya han cambiado el mío. Alis Volatis Propriis. Voláis con vuestras propias alas. Per Aspera Ad Astra. Por el sendero duro, hasta las estrellas.

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J.

Horizontes


Horizonte de expectativas. Lo que creemos que va a suceder. Lo que queremos que suceda. Lo que vamos creando y construyendo a partir de lo que hemos vivido, deseado, soñado. El segundo en el que creemos que también somos creadores de la historia, parte de la historia. Sin ser nunca nuestra.

Horizonte de sucesos. Lo que queda al otro lado, lo que es inalcanzable e incomprensible. Lo que no podemos ver ni saber nunca. Una barrera opaca e indescifrable, donde el tiempo y el espacio se deforman.

Cuántas veces los confundimos sin querer, o queriendo.

J.

 

So long


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El tiempo a veces es semillas. A veces engranajes de reloj. A veces laberintos, o campos de estrellas, y lo vemos tan de cerca que no somos capaces de entender el dibujo que crean nuestros pasos sobre la arena. Solo cuando los engranajes han girado lo suficiente, cuando hemos concluido el laberinto, cuando las semillas germinan, somos capaces de ver, y lo que entendimos se deshace ante la extraña comprensión de lo que realmente fue.

No importa. Al final, seguimos siendo. Al final, somos solo lo que hemos vivido, creído, sentido. Una vez que la flor ha brotado o que el fruto está listo, de nada sirve tratar de convencer al árbol de que no es primavera. U otoño.

Pero el tiempo, sólo el tiempo y la comprensión que traen, nos permiten completar las cosas. Seguimos siendo en lo que hemos convertido, por supuesto. Pero quizás así entendemos un poco mejor el por qué.

A last twist with the broom, crossways the room…

J.

Cosas que sólo suceden algunos días


A veces, de repente, siento el impulso de salir en tu busca. No sucede siempre, ni siquiera a menudo. Normalmente lo provoca algo: los tres acordes del comienzo de una canción, una flor brotando en un arcén, unas gotas cayendo a destiempo en el cristal. Y, cuando eso sucede, siento el impulso de salir a buscarte, de encontrarte donde estés, saltar los muros, abrir las puertas, y abrazarte. Abrazarte con fuerza y en silencio, como cuando se para el mundo, y después decirte, muy bajito, que estoy ahí, que no hace falta soportarlo todo sola, que las cosas saldrán bien. Como puedes suponer, nunca llego a hacerlo. En primer lugar porque no tengo ni idea de dónde estás. En segundo, porque si lo supiera, probablemente quedaría raro abrir la puerta de una patada y abrazarte entre facturas y pedidos. Y en tercero, y probablemente lo más importante, porque hay cosas que no siempre salen bien, porque hay cosas que en realidad tienes que soportarlas sola, porque aunque quiera no puedo estar ahí, no siempre. Pero, y quiero que lo sepas, hay veces que de repente siento el impulso de salir en tu búsqueda. Y quizás, quizás algún día tengamos que hacerlo.

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J.

Cosas que he aprendido en el camino


Hay muchos motivos para cometer errores. Tantos como caminos. Se pueden cometer errores por ira, por odio, por desesperación. Pero también por amor, por amistad, por inocencia. Los errores cometidos son las cicatrices de la vida. Cuentan nuestra historia casi más que los aciertos. Son el “me equivoqué, y sobreviví, y no voy a olvidarlo”. Sólo casi. Porque no somos nuestros errores. No somos nuestros fracasos. Tampoco los éxitos. Somos el camino. Somos lo que estamos siendo. Y lo que hemos sido es (o es tampoco) como lo que será.

Volver al pasado es como volver al futuro. No es. Y aún así somos las historias que hemos sido. Y que seremos.

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J.

Cicatrices


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Y a veces simplemente las cosas salen mal. Por muy buenas que fuesen tus intenciones. Por mucho que lo intentes. Hay equilibrios que no se pueden alcanzar. Hay cosas imposibles en este tiempo y en esta distancia. Y duele. Y duele ver cómo duele. Y no pasa nada, en el sentido de que es absurdo enfadarse con la lluvia, con el viento o con el invierno. Aceptar que te has equivocado, que no eres capaz de hacerlo todo bien, es algo que tarde o temprano hay que hacer. Que no puedes proteger a todo el mundo. Que no puedes salvar a todo el mundo. Mirar atrás, y decir “lo he hecho lo mejor que sabía, y lo siento”.

Luego curas. Porque la vida siempre tiende hacia la vida. Porque sobrevivir al invierno conlleva inevitablemente la primavera. Pero toda herida lo suficientemente grande, aunque cure perfectamente, deja cicatriz. Y a veces las cicatrices duelen. Por el cambio de estación, por el frío, por las tormentas, por los ecos y los encuentros inesperados. Pero las cicatrices somos nosotros. Las cicatrices son lo que hemos vivido, lo que hemos amado, lo que hemos intentado.

Y si he sido capaz de ver la hermosura de la cicatriz de otra persona, de acariciarla, de besarla, de quererla, tendré que ser igual de generoso conmigo mismo. Y eso es lo que debo seguir aprendiendo.

J.

Ecos


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De repente sucede. Una imagen. Una canción. Un olor. Y la memoria se dispara, y todo vuelve a resonar en tu interior como un diapasón, perfectamente afinado. Porque un diapasón no es una cuerda de guitarra, y ni el tiempo ni la distancia pueden destensarlo. Así que, de repente, sucede. Así que a veces sucede, sin que se pueda evitar. Y las ondas van recorriéndote, surcando la superficie del lago pero también despertando a los profundos moradores de las aguas que creías perdidos. Sólo dormían, esperando al diapasón. Esperando de nuevo volver a sentir esa vibración.

Después simplemente dejas que la vibración acabe. Recompones de nuevo tu ritmo, tu música, tu sonrisa. Sólo ha sido un eco. Pero todo eco es reflejo de lo que ha sido, reflejo de lo que podría ser. Al menos para los que somos más diapasón que cuerda. Al menos para los que comprendemos la importancia de lo imaginario, de lo deseado. De lo perdido y lo que aún está por encontrar.

Y sigues avanzando. Porque hacer lo correcto y echar de menos no son cosas incompatibles. Más bien todo lo contrario.

J.

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