Cosas que sólo suceden algunos días

A veces, de repente, siento el impulso de salir en tu busca. No sucede siempre, ni siquiera a menudo. Normalmente lo provoca algo: los tres acordes del comienzo de una canción, una flor brotando en un arcén, unas gotas cayendo a destiempo en el cristal. Y, cuando eso sucede, siento el impulso de salir a buscarte, de encontrarte donde estés, saltar los muros, abrir las puertas, y abrazarte. Abrazarte con fuerza y en silencio, como cuando se para el mundo, y después decirte, muy bajito, que estoy ahí, que no hace falta soportarlo todo sola, que las cosas saldrán bien. Como puedes suponer, nunca llego a hacerlo. En primer lugar porque no tengo ni idea de dónde estás. En segundo, porque si lo supiera, probablemente quedaría raro abrir la puerta de una patada y abrazarte entre facturas y pedidos. Y en tercero, y probablemente lo más importante, porque hay cosas que no siempre salen bien, porque hay cosas que en realidad tienes que soportarlas sola, porque aunque quiera no puedo estar ahí, no siempre. Pero, y quiero que lo sepas, hay veces que de repente siento el impulso de salir en tu búsqueda. Y quizás, quizás algún día tengamos que hacerlo.

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J.

Cosas que he aprendido en el camino

Hay muchos motivos para cometer errores. Tantos como caminos. Se pueden cometer errores por ira, por odio, por desesperación. Pero también por amor, por amistad, por inocencia. Los errores cometidos son las cicatrices de la vida. Cuentan nuestra historia casi más que los aciertos. Son el «me equivoqué, y sobreviví, y no voy a olvidarlo». Sólo casi. Porque no somos nuestros errores. No somos nuestros fracasos. Tampoco los éxitos. Somos el camino. Somos lo que estamos siendo. Y lo que hemos sido es (o es tampoco) como lo que será.

Volver al pasado es como volver al futuro. No es. Y aún así somos las historias que hemos sido. Y que seremos.

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J.

Cicatrices

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Y a veces simplemente las cosas salen mal. Por muy buenas que fuesen tus intenciones. Por mucho que lo intentes. Hay equilibrios que no se pueden alcanzar. Hay cosas imposibles en este tiempo y en esta distancia. Y duele. Y duele ver cómo duele. Y no pasa nada, en el sentido de que es absurdo enfadarse con la lluvia, con el viento o con el invierno. Aceptar que te has equivocado, que no eres capaz de hacerlo todo bien, es algo que tarde o temprano hay que hacer. Que no puedes proteger a todo el mundo. Que no puedes salvar a todo el mundo. Mirar atrás, y decir «lo he hecho lo mejor que sabía, y lo siento».

Luego curas. Porque la vida siempre tiende hacia la vida. Porque sobrevivir al invierno conlleva inevitablemente la primavera. Pero toda herida lo suficientemente grande, aunque cure perfectamente, deja cicatriz. Y a veces las cicatrices duelen. Por el cambio de estación, por el frío, por las tormentas, por los ecos y los encuentros inesperados. Pero las cicatrices somos nosotros. Las cicatrices son lo que hemos vivido, lo que hemos amado, lo que hemos intentado.

Y si he sido capaz de ver la hermosura de la cicatriz de otra persona, de acariciarla, de besarla, de quererla, tendré que ser igual de generoso conmigo mismo. Y eso es lo que debo seguir aprendiendo.

J.

Ecos

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De repente sucede. Una imagen. Una canción. Un olor. Y la memoria se dispara, y todo vuelve a resonar en tu interior como un diapasón, perfectamente afinado. Porque un diapasón no es una cuerda de guitarra, y ni el tiempo ni la distancia pueden destensarlo. Así que, de repente, sucede. Así que a veces sucede, sin que se pueda evitar. Y las ondas van recorriéndote, surcando la superficie del lago pero también despertando a los profundos moradores de las aguas que creías perdidos. Sólo dormían, esperando al diapasón. Esperando de nuevo volver a sentir esa vibración.

Después simplemente dejas que la vibración acabe. Recompones de nuevo tu ritmo, tu música, tu sonrisa. Sólo ha sido un eco. Pero todo eco es reflejo de lo que ha sido, reflejo de lo que podría ser. Al menos para los que somos más diapasón que cuerda. Al menos para los que comprendemos la importancia de lo imaginario, de lo deseado. De lo perdido y lo que aún está por encontrar.

Y sigues avanzando. Porque hacer lo correcto y echar de menos no son cosas incompatibles. Más bien todo lo contrario.

J.

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