Noviembre y la tormenta


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Noviembre ha llegado con la tormenta, pero noviembre no es la tormenta, y para mí es importante recordarlo. Noviembre es un camino, un camino discreto entre el crepúsculo y la noche, que lleva desde Samhain a Yüle. Un camino para mirar hacia dentro, y recoger todo lo que se ha ido recolectando durante el giro del año (emociones, recuerdos, canciones, besos, partidas), e ir colocándolo para que esté en su lugar antes de la primavera. Noviembre, y lo que viene tras él, hace necesario terminar con muchas cosas pendientes. Cartas que escribir, ventanas que cerrar, libros que concluir, que llevan demasiado tiempo esperando su momento. El invierno no debe llegar sin estar preparados.

Pero al mismo tiempo hay cosas que continúan, que brotan, que crecen. Que han llegado con la tormenta, o que simplemente se han resguardado hasta que esta pasase. Que tienen tiempo de sobra para ser y arder antes del invierno, e incluso durante él. Noviembre es las hojas caídas y el viento fresco en la cara, y la tierra mojada y la manta cálida. Noviembre es la excusa del abrazo y de la bufanda. Porque en realidad, y como siempre, Noviembre es lo que queremos hacer de él. Y yo quiero hacer mucho.

J.

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Galileo, 2012-2015


Como profesor, llega un momento en el que todas las graduaciones se parecen, porque al fin y al cabo este trabajo es cíclico. Como las estaciones. Sembrar, esperar a que crezcan, a que maduren. Y como las estaciones, siempre es diferente. Eso, desde aquí. Desde ahí, desde donde estáis vosotros, es único. Siempre. Porque al fin y al cabo esta no es mi historia, es vuestra historia, y nosotros, los que trabajamos a este lado, somos parte de ella pero nunca los protagonistas. Así que hoy vengo como profesor, como uno de los tutores de cuarto, porque el ciclo ha vuelto a llegar a ese instante. Y aquí estamos. Y como aquí estamos tendría que hablaros un poco desde donde estoy, y decir que hemos vivido cuatro años que han sido un comienzo, no un final. Que ahora viene el siguiente capítulo, más corto, más intenso, más duro. Que llegasteis a primero de ESO sin saber ni quién erais ni quién queríais ser, y que algunos incluso os vais teniéndolo una pizca más claro. De eso debería hablaros. Pero hoy se da una situación excepcional para mí. Porque esta graduación no se parece a ninguna de las otras en las que he estado. Porque las que vendrán después tampoco se parecerán. Así que quiero permitirme una licencia que puedes tomarte muy pocas veces, y durante un rato no hablaros como Juan Cuadra, tutor de cuarto, sino como Juan. Sin más.

¿Por qué? Porque en un mundo que es cíclico, este ha sido un año único para mí. Con frecuencia ser profesor es una profesión errante, al menos en los primeros años de ejercicio. Y para mí este ha sido el primer curso que paso tres años seguidos en un centro. Con lo cual este ha sido el primer año que paso tres cursos con los mismo alumnos y alumnas. Que no son alumnos y alumnas en abstracto. Que son estos alumnos y alumnas que tenemos aquí sentados. Que son mis alumnos y alumnas. Y ha sido genial. Y los voy a echar muchísimo de menos.

Cuando descubrí que me encantaba ser profesor tuve totalmente claro por qué me gustaba. Y no era por la asignatura de Lengua, ni por el horario, ni por las vacaciones. Me encanta ser profesor porque puedo trabajar con jóvenes como estos, compartir al año un montón de horas, y de sonrisas, y de disgustos y de maravillas. Me encanta ser profesor porque tengo el privilegio de verles crecer, cambiar, e incluso poner mi granito de arena en ello. Y al final, ver como se marchan. Y eso no me encanta, pero es parte inevitable del trabajo. Porque al final se van, siempre. Porque así es la vida. Así que cuando descubrí que me encantaba ser profesor, tuve también que decidir qué iba a hacer con esa pérdida, con esa ausencia constante que me iba a visitar año tras año. Y la respuesta me la dio el Zorro del Principito.

—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo…

De esta manera el Principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:
—¡Ah! —dijo el zorro—, lloraré.

—Tuya es la culpa —le dijo el Principito—, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique…

—Ciertamente —dijo el zorro.

—¡Y vas a llorar!, —dijo él Principito.

—¡Seguro!
—No ganas nada.

—Gano —dijo el zorro—, he ganado a causa del color del trigo.

Os vais. Porque es lo que iba a pasar. Y yo gano mucho. Muchísimo. Aunque os vaya a echar de menos. Y ahora mismo quizás la mayoría de vosotros estéis pensando que volveréis a hacernos alguna visita. De esos, tal vez la mitad lo vuelvan a pensar en Septiembre. Y de esos la mitad quizás busquen un momento para hacerlo entre el agobio del bachillerato. Y de esos la mitad se pasarán un día tal vez. No importa. Y eso es lo más genial de todo. No importa. La vida sigue y vosotros con ella. No nos volveremos a ver, quizás. O no en mucho tiempo. Pero recordaréis. Recordaréis el Galileo, los pasillos, los compañeros, las cosas que os pasaron aquí, e incluso a algunos profesores. Igual que nosotros os recordaremos. Y el instituto ya no es, no será nunca más un edificio. No para vosotros. No para mí. Ahora son mis campos de trigo, son el tiempo que he compartido con todos vosotros. Así que adiós, y gracias. Pero sobre todo gracias.

J.

Ya sabes que es así


Ya sabes que es así, hay personas que siempre están, sin importar el tiempo ni la distancia.

Y te irás lejos, hasta el fin del mundo,
(Holanda, Barcelona, la otra calle)
y tendremos vidas separadas en mundos separados,
(canciones, coches, gatos)
y seremos cosas que nunca habríamos imaginado llegar a ser
(astronauta, librera, madre)

Y volverás, y volveremos
(porque todo lo que no se ha ido siempre vuelve)
y te abrazaré,
(entre mis libros, entre tus libros, entre la gente)
y estaremos en casa
(aquí, allí, en todas partes)
con un mundo que contarnos.

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J.

Queremos


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No sé qué queremos. Queremos agitar lo imposible hasta que algo sea posible.

Queremos construir nuevas posibilidades. Refugios. Caminos. Barcos.

Barcos para alcanzar espacios y tiempos que nadie ha alcanzado aún.

Queremos descubrir nuestros propios sueños, esos que aún ignoramos, y habitarlos, y llenarlos de risas y de abrazos.

Queremos luz. Queremos una oscuridad abrazada. Y después más luz.

Queremos querernos.

Simplemente.

El otoño observa al final del pasillo. Y yo quiero intuir un invierno cálido.

…and flowers in your hair.

J.

 

¿Y por qué no?


Will Hug For A Dollar, por PhotosByMeR93 http://photosbymer93.deviantart.com/art/Will-Hug-For-A-Dollar-148852110
Will Hug For A Dollar, por PhotosByMeR93
http://photosbymer93.deviantart.com/art/Will-Hug-For-A-Dollar-148852110

Este año un poco antes de final de curso, he empezado ese inevitable proceso de despedida, o de despedida parcial. Que no consiste en decir adiós. Consiste en atreverte a decirle a esas personas que han sido especiales durante este año que efectivamente lo han sido. Y es cierto que a muchas personas les cuesta encontrar las palabras, o que no se sienten cómodas expresando lo que sienten. Pero ninguna de esas dos excusas me vale a mí. Así que, en parte de forma pública, en parte de forma privada, he empezado a decir lo que llevo sintiendo mucho tiempo, pero que sólo te puedes permitir decir al final. Y que no pensaba dejar de decir. ¿Por qué? ¿Y por qué no?

‘Cause for all we know
We might be dead by tomorrow

J.

No es amor, no es destino


Luck by seeinglight

No es amor, no es destino. Es suerte. Ni siquiera es esfuerzo. Es sólo suerte. Suerte de seguir caminando en la misma dirección, o en direcciones compatibles. Suerte de querer construir mundos lo suficientemente flexibles como para que puedan cruzarse. Suerte de no decidir conformarse sin más y dejar morir las cosas de hambre y frío. Es pura suerte. Y por eso hay que aprovecharla, y disfrutarla, y maravillarse con ello. Porque como todo lo que depende de la suerte no sabemos cuánto va a durar.

Yo sigo teniendo mucha suerte. Muchísima. Y eso no puedo olvidarlo. No debo. Aunque a veces otras cosas, otras ausencias y mensajes en botellas que no llegan me hagan ser de bruma y tristeza y soledad. Aunque a veces los espacios vacíos me devoren durante varios días, atrapado entre lo que fue y lo que no pudo ser. Tengo mucha suerte.

Y mi suerte sigue aquí.

Antes no entendía el verso de Mumford & Sons. Ahora probablemente siga sin entenderlo, pero le veo un sentido muy claro a ese “But love the one you hold“. Ahora sí. Ama a la persona a la que abraces. Pon ese amor en cada momento, en cada abrazo. Y recuerda la suerte que estás teniendo de poder darlo. Y dándole la vuelta, si no lo sientes, no lo des. Así de simple.

J.

Cosas que faltan


Será que nos estamos volviendo insensibles. Será que vivimos demasiado deprisa. Será que hacen falta más ermitaños y ermitañas para que todos aprendamos (o volvamos a aprender) a mirar el mundo con más calma. Será que se nos olvida con frecuencia lo importante. Ayer, una de esas ermitañas que necesita el mundo (o sin las cuales para mí el mundo perdería muchísimo), me dijo una verdad aplastante: hay 742 iconos en whatsapp… y ni uno representa un abrazo.

Y sí, está loca por contar todos los iconos. Pero es una locura maravillosa por darse cuenta de lo que falta.

J.