Sol Invictus (Yüle)


Desde el cansancio del cansancio del último día. Desde el frío oscuro de la madrugada. Desde el camino desgastado de las cosas que se repiten.

Hacia la sonrisa que se desgrana en risa rodeada de primeras veces. Hacia otro giro más en la mejor de las compañías. Hacia un abrazo sin medida ni tiempo. Hacia cometas y galaxias. Hacia el calor, el beso, el fuego. La vida. Siempre hacia la vida.

Hacia la luz. Cada giro de la rueda es todo lo que tenemos. Es todo lo que somos. Todo lo que hagamos con él.

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J.

Tabula rasa (o casi)


ae4ed32fb078c59a4ebc2e490489e689-d6lwuriPues aquí estoy, a un día de esa nada vacía que es el curso antes de ser curso. Dentro de unas horas comenzar a llenarse de nombres, de caras de voces. Y después de personalidades, de caracteres, de hechos, de recuerdos. De emociones. De vida. Cuando llegue junio el curso será lo que haya sido. Pero ahora todavía puede ser cualquier cosa. Nueve meses para reinventarse de nuevo, para ser el mismo pero diferente. Para descubrir qué otras cosas pueden sentirse y soñarse. Para recuperar personas que hace tiempo que no vemos, y ver que ellas también han cambiado. O no.

Ya viene. Inevitable como el deshielo. Veamos qué trae consigo.

Os iré informando.

J.

El regreso del profe de la bici


Pues de nuevo está aquí el curso, y de nuevo está aquí mi bici, que lleva parada todo el verano.

Cosas buenas: no me ha costado nada sacarla del trastero, porque para mí ya es una asociación automática. Al insti se va en bici. No es sólo un medio de transporte, es un ejercicio de implicación con formas de desplazamiento más sanas y verdes. Y un modo de ir con la melena al viento, claro, aunque de momento vaya con trenza.

Cosas malas: en este pueblo mío, la gente se sigue sorprendiendo de que haya bicis tratando de circular por el carril bici (que, como todo el mundo sabe, es más lisito para poder andar con más comodidad). En fin, habrá que seguir educando también por ese lado a golpe de timbre.

Por lo demás,

I don’t want to be a candidate for
Vietnam or Watergate
‘Cause all I wanna do is

J.

Viernes, 8:15


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Viernes. Ocho y cuarto de la mañana. Un viernes absurdo, porque ayer fue fiesta, y hoy es puente en casi todas partes. Viernes de final de trimestre, agotados, cansados, estresados. Lloviendo y con frío, por supuesto. Y allí voy yo. Cuarto de ESO. Oraciones compuestas, tipología y clasificación, parte I. ¿Y qué ha pasado? Que han estado despiertos, y atentos, y han entendido las cosas, y se lo han pasado bien, y nos hemos reído y ha volado la hora en un suspiro. ¿Cómo se consigue eso? Para empezar, no siempre se consigue. Pero para conseguirlo, aunque sea a veces, hay que intentarlo, y eso es algo que muchos profesores ignoran o quieren ignorar. Casi cualquier cosa se puede hacer más o menos entretenida, más o menos interesante. Y si no puedes hacerla ni entretenida ni interesante, quizás deberías plantearte por qué lo estás explicando, y pasar lo más rápidamente posible sobre ello. Claro, que para poder hacer algo entretenido o interesante, primero tiene que gustarte lo que estás explicando, pero sobre todo te tiene que gustar lo que haces. Y lo que haces no es una clase magistral, no es un discurso. Es estar con gente joven, llena de inquietudes, de deseos, de problemas, de miedos, de alegrías, que en realidad están deseando poderse sentirse cómodos y a gusto contigo. Con lo cual debes empezar tú por sentirte cómodo con ellos. Así, cuando la clase se pone cuesta arriba, siempre está esa mirada atenta, ese pequeño brillo de complicidad que te dice que vas por el buen camino (o por el malo, que también puede ser).

Todo esto en gran medida lo he aprendido y lo voy aprendiendo por mí mismo. Pero también me lo han enseñado, esos pocos profesores que me han ayudado a definir cómo quiero ser como profesor (del mismo modo que hay escritores que me impulsan en la dirección en la que quiero escribir). Fernando Marfil, que me dio clase de Biología en el instituto. Pepe de la Calle, que me dio clase de Teoría de la Literatura y también de Métrica y Retórica en Filología Hispánica. José María Smith Agreda (pensé que no me iba a acordar del nombre, han pasado bastantes años) que dibujaba anatomía en la pizarra con una maestría y una pasión absolutas en Medicina. Todos ellos han dejado su parte. Así, hago cambios de voz y de tono, al estilo de Fernando Marfil; suelo dejarme la maleta abierta cuando voy de un sitio a otro, como Pepe de la Calle; y aunque dibujo infinitamente peor que Smith Agreda, llevo reloj de bolsillo como él. Y me gusta pensar que en un futuro tal vez alguien se ponga una bufanda enorme, o haga guías de sintaxis con toque humorístico, porque su profesor de lengua del instituto la llevaba o lo hacía. Cada día que es como hoy me llevo lo mejor que me puede dar mi profesión. Lo importante es ser consciente de que tienes que devolver algo a cambio. Hasta los días malos.

Ahora, a corregir.

J.

Ajedrez y clases


Muchas veces me da la impresión de que dar clase es como jugar al ajedrez (con lo poco que me gusta el ajedrez: peón por torre, caballo a alfil siete. ¿Pero que es eso? ¿Qué interés tiene? Quita, quita, yo prefiero: “Mi peón se desliza por la base de la torre, evitando la mirada de los caballeros”. “Tira sigilo. 7. Los caballeros escuchan el crujir de la grava bajo tus botas y escrutan en tu dirección con las ballestas preparadas. ¿Qué haces?” “Tiro una piedra en dirección contraria y corro hacia la puerta de la residencia del alfil”. Eso SÍ es divertido). Parece que todo debe estar calculado, sobre todo en el ámbito de las relaciones. Este es el papel del profesor, que sólo puede mover en línea recta. Y es lo que hay. Pero hay alumnos que mueven en línea recta, otros van en diagonal, y otros saltando como caballos. Y más. No estoy hablando de currículo ni de adaptar los contenidos (esa regla está, el tiempo para aplicarla es otra cosa), esto hablando de relaciones interpersonales. De poder hablar un poco. De poder perder el tiempo. De poder conocer a esas personas con las que pasas tantas horas a lo largo del año.
Hace un curso o dos, una eminencia vino a darnos una sesión de formación sobre inteligencia emocional. Todo me resultó enormemente interesante, e incluso útil, pero tuve que estar en desacuerdo con un punto que el recalcó mucho: un profesor nunca puede ser amigo de un alumno. No es posible cierto grado de igualdad. Y eso a mí me parece un atraso.
Lo que realmente me gusta de ser profesor es tratar con la gente. Poder ayudar. Y eso pueden ser cosas muy distintas. Sin mis ratos de charla y de opiniones, no me vale la pena dar clase. Eso hace que, por ejemplo, dar clase a 1º y 1º de la ESO se me haga un poco cuesta arriba. Mi espacio natural es 3º o 4º. Bachillerato tampoco me atrae mucho, porque la materia tiene más peso, es una responsabilidad mayor, y con tres horas de clase semanales sólo no hay mucho tiempo para disfrutar.
Ahora estamos en Cavite dándole vueltas a las comunidades de aprendizaje, y el poder dedicar algo de tiempo al Insti y sus habitantes fuera del horario de clases pura y dura me parece algo cada vez más imprescindible. Poder echar el rato de tertulia literaria, de cine-forum, de conversación sobre cualquier cosa o incluso echando unas canastas (aunque servidor está cada vez más mayor para esas cosas). O unas partidillas roleras buenas, que a eso no le hace ascos nadie. O un taller de tarot y magia moderna, que uno sirve para todo. Me gusta estar con mis chicos y chicas. Aprendo casi tanto como enseño.
Lo que me sigue sorprendiendo es que esta actitud (todos somos personas, compartamos) no está tan extendida como uno quisiera. Todavía hay profes ladrillos, rígidos, intransigentes. No importa que sean jóvenes. Y alumnos que sólo ven al enemigo al otro lado. El día que por ambas partes olvidemos estas ideas obsoletas todos ganaremos mucho. E incluso seremos mejores personas.
En conclusión, a ver si esto de las comunidades funciona. A mis ex-compañeros alumnos de Alhaurín, a ver si nos vemos en Semana Santa, entre nazareno y nazareno. Y a los de Adra, que no sé si tengo uno o tres lectores, eso, que no muerdo.

J.

PD: De regalo, una versión de un clasicazo, “Another Brick on the Wall”, en The Faculty, de la que sólo eché en falta un profesor guay colaborando. Al final voy a tener que hacer yo mismo un guión sobre el tema.