Persistencia 

Persistencia. Ni los golpes me duelen menos, ni las ausencias se aceleran. No tengo armadura ni espada para luchar con monstruos. Soy a lo sumo como el árbol, que no deja de crecer, rodeando y envolviendo lo que le frena, lo que le encierra, lo que le duele. Soy raíces hacia el agua y hojas hacia la luz.

Maple tree, por Porbital/DeviantArt

Persistencia. Lo que permanece. Y aquí pienso seguir. Indiferente al tiempo. Caminando de un cambio de luna al siguiente. Para que puedas encontrarme siempre. Porque no pienso dejar de ir a buscarte.

Cuarenta años es un momento estupendo para estar a mitad de todos los caminos, y eso no podía saberlo con veinte.

J.

Casi 40

De repente, llega una conciencia inesperada, como una iluminación, normalmente seguida por un acceso de pánico. ¿Cómo voy yo a cumplir cuarenta, si ese es un número muy redondo, de señor mayor? ¿Cómo voy a cumplir cuarenta, si estoy esperando a que llegue el fin de semana para jugar un rato al ordenador? Con las niñas encima, claro. El tener dos peques saltando sobre mí suele ser una buena forma de que el pánico desaparezca, de recordarme que veinte seguro que no tengo, de respirar hondo y sonreír.

Es un pánico raro este de cumplir años, porque sé que no es lógico. No me importa tener cuarenta, como no me importó en su momento tener treinta. Me importa que me duelan las rodillas con el frío, por ejemplo. Pero parece como que los cuarenta deben importar. Que es el momento en el que los señores quieren de repente volver a sentirse jóvenes, huir de las responsabilidades, mirar a un pasado mítico e idílico. Menos mal que nunca he tenido la más mínima intención de ser un señor. Aún así, para compensar quizás, he empezado el camino a los cuarenta hasta arriba de responsabilidades, que dan un miedo enorme pero que son lo que quiero hacer en los próximos, digamos, diez años. Volveremos a hablar en los cincuenta.

Y dentro de nada cumplo esos cuarenta, y mi vida es lo que quiero que sea. No perfecta, pero avanzando por los caminos que me apetece. Y aún así el salto en el estómago al pensar en la edad va y viene. No importa. Realmente no importa. Porque cada uno de esos instantes me permite cerrar los ojos, coger aire y sonreír. Ante lo que he sido, lo que soy, lo que pienso ser.

J.