Días que se escapan (41)

Días largos, años cortos. Aún estoy tratando de aprender qué significa cuarenta, y ya casi están aquí los cuarenta y uno, con todo lo que he aprendido en el camino. Lo que he aprendido, sobre todo, de lo imposible. De lo que no va a ser nunca. Ya sé que nunca aprenderé a tocar el arpa, ni a hablar finlandés. Que no volveré a judo para finalmente sacarme el cinturón negro. Este es el momento en el que, desde el otro lado, empezáis a decir “aún hay tiempo”, “cuarenta y uno no es para tanto”, y demás variantes. Y entonces yo tengo que responder que no, que nunca va a suceder. Pero no porque no haya tiempo. Porque el tiempo es demasiado valioso.

Cuando giren las horas, cuando surjan momentos, no haré nada de eso, porque no vale la pena. Eso es lo que he aprendido en el camino. A disfrutar el camino, a aferrarlo con fuerza, en vez de tratar de entretejerlo cada vez más lejos, cada vez más amplio. No aprenderé finlandés porque estaré escribiendo, no conseguiré el cinturón negro porque estaré paseando y haciendo picnics, no tocaré el arpa porque estaré viviendo de cualquier otra forma. Y estará bien. Más que bien.

Y sí, quizás me sorprenda. Pero creo que ya tengo bastante claro quién soy, quién quiero seguir siendo. Así que me vais a permitir que me concentre en ese seguir siéndolo, sin más. Hay horas de sobra que llenar solo con eso. Cuarenta y un años. Hasta otros cuarenta y un más.

J.

Persistencia 

Persistencia. Ni los golpes me duelen menos, ni las ausencias se aceleran. No tengo armadura ni espada para luchar con monstruos. Soy a lo sumo como el árbol, que no deja de crecer, rodeando y envolviendo lo que le frena, lo que le encierra, lo que le duele. Soy raíces hacia el agua y hojas hacia la luz.

Maple tree, por Porbital/DeviantArt

Persistencia. Lo que permanece. Y aquí pienso seguir. Indiferente al tiempo. Caminando de un cambio de luna al siguiente. Para que puedas encontrarme siempre. Porque no pienso dejar de ir a buscarte.

Cuarenta años es un momento estupendo para estar a mitad de todos los caminos, y eso no podía saberlo con veinte.

J.

Casi 40

De repente, llega una conciencia inesperada, como una iluminación, normalmente seguida por un acceso de pánico. ¿Cómo voy yo a cumplir cuarenta, si ese es un número muy redondo, de señor mayor? ¿Cómo voy a cumplir cuarenta, si estoy esperando a que llegue el fin de semana para jugar un rato al ordenador? Con las niñas encima, claro. El tener dos peques saltando sobre mí suele ser una buena forma de que el pánico desaparezca, de recordarme que veinte seguro que no tengo, de respirar hondo y sonreír.

Es un pánico raro este de cumplir años, porque sé que no es lógico. No me importa tener cuarenta, como no me importó en su momento tener treinta. Me importa que me duelan las rodillas con el frío, por ejemplo. Pero parece como que los cuarenta deben importar. Que es el momento en el que los señores quieren de repente volver a sentirse jóvenes, huir de las responsabilidades, mirar a un pasado mítico e idílico. Menos mal que nunca he tenido la más mínima intención de ser un señor. Aún así, para compensar quizás, he empezado el camino a los cuarenta hasta arriba de responsabilidades, que dan un miedo enorme pero que son lo que quiero hacer en los próximos, digamos, diez años. Volveremos a hablar en los cincuenta.

Y dentro de nada cumplo esos cuarenta, y mi vida es lo que quiero que sea. No perfecta, pero avanzando por los caminos que me apetece. Y aún así el salto en el estómago al pensar en la edad va y viene. No importa. Realmente no importa. Porque cada uno de esos instantes me permite cerrar los ojos, coger aire y sonreír. Ante lo que he sido, lo que soy, lo que pienso ser.

J.

39

Estoy mayor. Me lo dicen las canas de la barba y el frío que me llena las rodillas de molestas agujas. Me lo dice la falta de paciencia ante algunas estupideces, y la absoluta indiferencia hacia otras. Me lo dicen, a modo de halagadora amenaza, antiguos alumnos que me avisan de que en cuanto terminen la carrera vendrán conmigo a ser profes. Y me lo recuerda sin falta el cojín de semillas calentito, como compañero indispensable en la mesilla de noche.

Estoy mayor. No pasa nada. O más bien todo contrario. Estoy mayor porque ha pasado mucho. La juventud está sobrevalorada, transformada en un momento idílico de juergas y ausencia de responsabilidades que yo al menos no recuerdo. Y desde que estoy mayor ya no tengo dudas de que ahora es, desde hace tiempo, mi mejor momento.

Estoy mayor. Y pienso estarlo más. Para hacer solamente las locuras necesarias. Para desprenderme de más cosas que sólo el tiempo puede deshacer. Para empezar, incluso, otras nuevas. Para verlas crecer. Porque resulta que estar mayor es algo estupendo. Infinitamente mejor que estar de paso. Absolutamente mejor que no estar.
J.

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