Sincronicidades

Somos nuestras sincronicidades. Las que suceden y las que no. Cada vez que salta la chispa, cada vez que se cruza el pensamiento y llega el mensaje, la palabra, la mariposa, el camino vuelve a vibrar, vuelve a estar presente. Y seguimos siendo un poco más.

Y, del mismo modo, cuando nada responde a la estrella, al viento, al instante, dejamos de serlo un poco. Es como nos decimos que el universo nos dice que quizás ese no es el camino, no es el momento, no es la persona.

Que sigue siéndolo intensamente.

Así, vamos tejiendo las sincronicidades como si fueran un tapiz con sentido. Consintiendo que cada puntada nos encoja el corazón o nos lo ensanche. Sin querer aceptar que es azar. Sin querer decidir tal vez por nosotros mismos.

Porque es azar. ¿O no?

J.

Quizás…

Cofee_by_DjEfox

Espinas clavadas. Historias sin terminar. Caminos sin empezar. Sobres cerrados. En resumen, todo ese enorme océano de lo que nunca llegó a suceder.  Que no es lo mismo que lo que sucedió pero no como esperábamos, ni lo que se rompió o se gastó. Las espinas son para las cosas que quizás podrían haber sido, quizás deberían haber sido. Para las cosas que se quedan a medias. Como una pregunta sin contestar, porque es lo que son. ¿Qué habría pasado si…? Si hubiésemos hablado o nos hubiesen hablado. Si el lugar hubiera sido distinto. O el momento. Si tú hubieras tenido diez años menos o la otra persona diez años más. Si no hubiera habido otras responsabilidades, personas, mundos.

Pero yo no soy amigo de esas espinas. Cada vez menos. Creo, me da la impresión, que es imprescindible aprender a ser valientes. A ser pacientes. Las dos cosas. Porque hay veces en las que hay que atreverse a descubrir qué puede pasar. Porque lo peor es que no pase nada. Y otras lo que hay que hacer es dejar pasar el tiempo, para que todo gire, y cambie. Y quizás pueda empezar de nuevo. O simplemente empezar. Escribía el otro día en un par de muros que “quizás deberíamos habernos conocido en otro tiempo. Quizás debamos volver a hacerlo si llega el momento.”. Y vuelvo a mantenerlo aquí. Las personas cambian. Siempre. ¿Y qué? Quizás lo que nos hizo desear descubrir, compartir, besar ha cambiado. Pero quizás haya cosas nuevas que deseemos descubrir, compartir, besar. No lo sabrás si no lo intentas esta vez.

Ya no tengo miedo a conocer a las personas en el lugar equivocado, en el momento equivocado. No sería la primera vez que sucede, ni será la última. Es un aviso. Para estar atentos. Para cuando volvamos a cruzarnos. Si volvemos a hacerlo. Y tratar, tal vez, de aprovechar el instante. Porque siempre es sólo eso lo que tenemos.

J.

 

 

Proximidad e intimidad

Estar cerca es una cuestión de agenda. De momentos que se cruzan en planes compartidos (y compartidos quiere decir compartidos con mucha más gente). Pero ni siquiera eso es fácil, porque hay agendas tan repletas, tan complejas, tan alejadas, que resulta casi imposible cruzarlas. O si se hace, siempre es haciendo un millón de cosas con un millón de personas. Con lo cual todo son palabras necesarias, todo son palabras formales, adecuadas. No hay tiempo para preguntarte cómo estás, ni por qué no te has puesto ningún colgante hoy.  No hay tiempo para quedarnos en silencio, ni para hablar de tonterías. Ni muchísimo menos para un abrazo. Para tacto, olor, calor. No hay tiempo para estar cerca.

Y el tiempo va pasando. Como siempre. Eso no para. Y estar próximos no es lo mismo que estar cerca. Quedan océanos de tiempo hasta eso. Quizás más. Pero no importa.

Si alguna vez la vida te maltrata,
acuérdate de mí,
que no puede cansarse de esperar
aquel que no se cansa de mirarte.

L.G.M.

J.