Casi 40 – a veinte de los veinte


El otro día me asaltaron una sucesión de flashbacks tremendamente detallados y poderosos, sacudiéndome con fuerza. Tengo la probablemente sana tendencia a no pensar en sucesos lejanos. De hecho, doy por sentado que no voy a recordar a nadie del colegio, y casi nadie del instituto. Bastante tengo con todas las caras de instituto que tengo que recordar ahora. Pero, sin venir especialmente a cuento, me encontré dando un repaso completo a todo lo que fue, digamos, de los 17 a los 20 años. Y me vi como era, y rememoré esas emociones, pensamientos, ideas.

No fue bueno, por si os lo estáis preguntando. Yo era un desastre de persona en esa época, a todos los niveles. Mi vida era frustrante, amarga, y no sabía qué hacer con ella. Iba sin rumbo, pegándome de cabezazos con mis deseos, con la realidad, conmigo mismo. Y al recordarme me di mucha lástima, y al mismo tiempo sentí un alivio inmenso. Es cierto que después empecé a encontrar un poco un camino, más adelante lo fui convirtiendo en el mío, y hoy sé perfectamente dónde estoy, e incluso hacia dónde quiero seguir yendo (porque siempre se va hacia algún sitio). Veinte años me ha costado.

¿Y a qué viene todo esto? ¿Mensaje de superación optimista por llegar a los cuarenta? En realidad no. En realidad tiene más que ver con esos alumnos y alumnas mías que me dicen con 18 años que no tienen claro qué hacer con su vida. O con 16. Y a los que yo sólo puedo decirles “pues claro”, “hay tiempo de sobra”, aunque no lo sean capaces de entenderlo. Primero, el tiempo se acelera y te lanza hasta que escapas del instituto. Y después llega el pantano de la falsa vida adulta, donde te quedas atrapado, danzando un tiempo indefinido. Esos son los años duros de verdad, y mi más enorme abrazo a todos aquellos que aún estáis lidiando con la peregrinación que, digamos, rodea a los 20-25. Espero que lo estéis llevando mejor de lo que lo llevé yo. Y que nos veamos en vuestros cuarenta, a ver qué tal.

J.

PD: Vale, quizás sí que sea otra palmadita de autoestima para los inminentes 40, pero sólo un poco. Lo justo.

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Estoy mayor. Me lo dicen las canas de la barba y el frío que me llena las rodillas de molestas agujas. Me lo dice la falta de paciencia ante algunas estupideces, y la absoluta indiferencia hacia otras. Me lo dicen, a modo de halagadora amenaza, antiguos alumnos que me avisan de que en cuanto terminen la carrera vendrán conmigo a ser profes. Y me lo recuerda sin falta el cojín de semillas calentito, como compañero indispensable en la mesilla de noche.

Estoy mayor. No pasa nada. O más bien todo contrario. Estoy mayor porque ha pasado mucho. La juventud está sobrevalorada, transformada en un momento idílico de juergas y ausencia de responsabilidades que yo al menos no recuerdo. Y desde que estoy mayor ya no tengo dudas de que ahora es, desde hace tiempo, mi mejor momento.

Estoy mayor. Y pienso estarlo más. Para hacer solamente las locuras necesarias. Para desprenderme de más cosas que sólo el tiempo puede deshacer. Para empezar, incluso, otras nuevas. Para verlas crecer. Porque resulta que estar mayor es algo estupendo. Infinitamente mejor que estar de paso. Absolutamente mejor que no estar.
J.

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Sobre el cambio


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Quiero que sepas que me transformo. Que me miro en el espejo y que a veces me encuentro más joven, a veces más viejo. Que por fuera soy distinto cada vez. Pero por dentro cada vez soy más viejo. Quiero que lo sepas, y que sepas que no le tengo miedo a la palabra. Que huimos de ser viejos como de estar muertos. Pero no deberíamos. Hay cosas que no puedes saber siendo joven. Hay cosas que no puedes entender hasta que te han pasado. Hay sonrisas que sólo te pueden salir después, cuando lo has entendido. Y para eso no importa lo de fuera, sino lo de dentro.

Y por dentro no dejo de crecer, no dejo de cambiar, no dejo de sumar un año al siguiente. Por fuera también, pero eso no importa, es lo que quiero que entiendas. No importa cómo me veas, o como me vea yo. Lo importante siempre es lo de dentro.

Me transformo. Crezco. Cambio. Debo seguir haciéndolo. Debo ser consciente de que me hago viejo, porque eso lleva a percibir lo importante que es cada momento. Debo ser consciente de que me hago viejo, porque eso te recuerda que hay que terminar las cosas que has empezado, y que hay que empezar cosas nuevas. Ya no seré nunca más el de ayer. Pero tampoco pienso ser mañana el de hoy.

J.

¿Ya? ¿En serio?


La primera vez que escuché esta canción tendría yo unos dieciocho años. Hablaba de un mundo lejano, un mundo lleno de experiencias, de ocasiones perdidas y encontradas. De hombres y mujeres interesantes por lo que habían vivido, y lo que no.

Y de repente, porque os aseguro que ha sido de repente, resulta que soy yo el que tiene treinta y tantos. Qué cosas.

Lo que pasa es que la canción de Loquillo habla mucho de un momento final. Ese “la fiesta ha terminado”. Lo bueno es que como yo no hice demasiadas locuras en mi juventud, ahora puedo hacer locuras de sobra. O de Sombra :-). Así que, por mi parte, nada de la fiesta ha terminado. En todo caso estamos en algún momento entre el fin de la primera parte y el comienzo de la segunda. Nos vemos dentro de otros quince o veinte años :-).

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J.

Yo y la Cristi (sintonía a través de los tiempos)


Lo normal es que con el paso del tiempo vayamos cambiando de gustos y de intereses, y que los grupos que escuchábamos hace unos años también cambien o desaparezcan. Por eso me resulta especialmente emotivo que hace algo más de quince años escuchase encantado el Que me parta un rayo de Christina Rosenvinge; y ahora, tras muchos años sin oír nada de ella (o al menos nada que me gustase), estoy encantado con su último disco, que incluye pequeñas joyas como Negro cinturón

o Tu boca

No sólo de heavy vive el hombre :-)
J.