Sutilezas, linchamientos y libros infantiles

Llevo varios días dándole vueltas al problema de 75 Consejos para sobrevivir al colegio. Y fijaos que digo problema, no polémica. Como todos he leído los fragmentos fuera de contexto, como muchos he pensado que difícilmente hay un contexto en el que eso encaje bien, salvo que sea tremendamente clara y cristalina la ironía (digamos como para que la entienda un niño de nueve años), y como cualquiera que tenga redes sociales me he visto asaltado por múltiples opiniones esgrimidas como hachas. La mayoría se dividían en dos grupos: personas que atacaban el libro sin haberlo leído realmente; y personas que decían que no se podía atacar el libro sin haberlo leído, sin dejar claro tampoco que ellas sí se lo hubiesen leído. Finalmente, encontré la opinión que buscaba: una compañera profesora que sí se lo había leído y que, como responsable de biblioteca, había decidido que no era un libro adecuado. A mí esa opinión me vale. Porque nos lleva al que creo yo que es el origen del problema: hay contenidos que no son adecuados, y alguien tiene que decidirlo (uh, nazi, fascista, censor).

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Hace algún tiempo, Iria Parente hizo una genial disección de After, tras la cual no me quedó duda alguna de que era veneno, y si en algún momento lo veo acercarse a la biblioteca de mi instituto, le prenderé fuego. Tal como os digo. Sin leérmelo. Porque es un libro nocivo para mis lectores potenciales, y alguien tiene que decidirlo. Si no es la editorial, tendré que hacerlo yo como bibliotecario. Es más, espero que las bibliotecarias de mi pueblo sean igual de críticas, y si en algún momento ven que mi pequeña lectora, que con siete años se lee diez libros a la semana, coge algo inapropiado, se lo digan y le hagan devolverlo a la estantería. Porque yo no puedo leerme esos diez libros a la semana para ir por delante de ella, por mucho que le pese a Twitter. No tengo tiempo simplemente. Así que confío en lo que se supone que uno puede confiar: la clasificación de las editoriales (Barco de Vapor, por ejemplo, con sus series de colores de toda la vida, que ni miro de qué van cuando los coge), o la que han hecho por edades las responsables de la biblioteca atendiendo a su criterio. Y si apareciese por ahí en la zona infantil un libro de una niña que muere y sigue como fantasma, y en vez de ser GhostGirl fuese Condenada de Palahniuk, pues me indignaría, me quejaría, y pondría una queja. Y no me valdría que me dijesen que es una visión crítica, y que hay que leerla con ese sentido, porque eso es algo que puede aplicarse a adultos, no a niños. Lo cual nos lleva al siguiente punto.

Hay malos modelos. Es así. No pasa nada por aceptarlo. En todas partes, todo el tiempo. Barbie es un modelo físico nocivo. Siempre lo ha sido. Y si hiciésemos una petición en Change lograríamos miles de firmas, y seguiría habiendo muñecas Barbie por todas partes. Ni una nota de disculpa íbamos a ver. Pero sigue siendo un modelo estético inaceptable para nuestras niñas. Por no hablar del modelo moral de sus dibujos animados u otros similares. Igual que hoy en día no se puede defender el contenido de “La mataré” de Loquillo. No es un asunto de querer crear algo nocivo, al menos en general; a veces intentas hacer las cosas sin mala intención, porque desde tus privilegios no eres consciente de lo que estás haciendo, y el resultado es negativo. Y no te das cuenta. Pero llega alguien con menos privilegios, alguien que ha sufrido lo que tu presentabas de forma cómica o irónica, y no le hace ninguna gracia. Y te lo señala. Y entonces lo lógico es decir que no tenías esa intención, pero que el resultado quizás no ha sido el adecuado. Mis primeros dos libros son machistas: apenas superan un triste Test de Bechdel, y las mujeres están sexualizadas mucho más de la cuenta. ¿Cuándo fui consciente? Cuando leí Teoría King Kong. ¿Voy a cambiar esos libros? No, pero soy consciente de lo que hice mal, y hago un esfuerzo porque no se repita en lo que sigo escribiendo.

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Lo cual me lleva a la parte final. “Es que lo que dices puede que sea cierto, pero con esas formas pierdes la razón”. Pues no. La razón no se pierde por decirla gritando. Ir con antorchas y horcas a linchar a alguien es inaceptable, claro que sí, pero eso nunca quita que quizás sí se tenga razón. Y si alguien que lo ha leído considera que ese libro no es adecuado para una biblioteca escolar (tampoco lo he visto en la biblioteca de mi pueblo), voy a dar por buena esa opinión. Como la de Iria sobre After, y como la de casi cualquier que me diga que un libro no es adecuado para mini lectores. Porque tengo que decidir y filtrar, y ver si gasto el presupuesto en el último de Laura Gallego o el de Wigetta (y sin leerme ninguno de los dos, voy a comprar el de Laura Gallego, ya os lo digo, porque soy así de biblionazi en mi instituto). Alguien tiene que filtrar. Censura es decir que algo no puede leerlo o verlo o jugarlo nadie. Filtrar es poner calificación por edades en las películas, los videojuegos y sí, también en los libros. Así que confío primero la editorial, y después en el librero o el bibliotecario. Porque es necesario. Después, de mayores, que lean lo que quieran y que piensen críticamente. Pero si nos hemos inventado la literatura infantil digo yo que será por algo. No para censurar realidades. Para tratar de avanzar hacia una sociedad mejor, más atenta, más concienciada, y que cuando mis chavales de 12 años se lean Crónicas Marcianas, al llegar al relato de Ylla me digan (como me dijeron) “eso es un poco maltrato, ¿no?”. Porque lo que se describe, para Ray Bradbury era una relación normal de pareja de los años cincuenta. Pero eso ya no es normal. Ni debería serlo.

Fin del ladrillaco.

J.

La clase más difícil

La clase más difícil es esta:

antonio-machado-y-leonor-1909Una clase que comienza con quince y treinta y cuatro, y exclamaciones de sorpresa, burla, incomprensión. Una clase que continúa por paseos por el Duero, por álamos. Que cruza inevitablemente por un olmo seco. Que termina entre recuerdos y paseos en soledad. Que termina con comprensión, con amor, con tristeza enorme por la pérdida.

Este año no he dado esa clase. Y la he echado de menos.

J.

Edades de estreno

Más amplio lo podéis encontrar en un artículo de El País aquí, pero pego los datos:

Voto: A los 18 años.

Sanidad: Los niños de 12 años tienen derecho a ser escuchados a la hora de aceptar o no un tratamiento médico. A partir de los 16, pueden prestar, o no, el consentimiento médico por ellos mismos sin permiso de sus padres, menos en tres excepciones: aborto, cirugía estética y tratamientos de reproducción asistida.

Piercings y tatuajes. 16 y 18, respectivamente. En la práctica, no se cumple.

Hacer testamento: A los 14 años.

Responsabilidad penal: Desde los 14 años, los adolescentes pueden ser imputados y condenados. Hasta los 14 años, son inimputables. El PP abogó, en 2009, por bajar la edad penal a 12 años.

Emancipación: A los 16 años, pueden irse de casa y disponer de sus bienes, con permiso de los padres. La edad media real son 29.

Licencia de caza: A los 16 años. Antes, a los 14, pueden portar armas con consentimiento paterno.

Relaciones sexuales: Ahora, la edad de consentimiento sexual está en los 13 años. La reforma de Gallardón pretende retrasarla hasta los 16.

Trabajo. A los 16, después de la Enseñanza Secundaria Obligatoria.

Matrimonio. Ahora, a los 14, con consentimiento paterno. La reforma pretende retrasarla a los 16.

Aborto. Ahora, las menores de 16 y 17 años, pueden interrumpir su embarazo sin permiso paterno. La reforma anunciada por Gallardón anulará este supuesto de la ‘ley Zapatero’ o y limitará el derecho a las mayores de 18.

Alcohol y tabaco. Está prohibida su venta a los menores de 18. En la práctica, la edad de inicio en el consumo es a los 13 años

Carné de conducir. Ciclomotores: a los 15. Turismos: 18.

Redes sociales. Tuenti, Facebook y Twitter establecen una edad mínima de 14 años. En la práctica, no se cumple.

Divorcio. Los niños de 12 años tienen derecho a ser escuchados en caso de disputa por su custodia.

Discotecas y juego. 18 años.

Y sí, todo muy extraño y absurdo y deslavazado, aunque unas cosas más que otras, claro.

J.