Escribir


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Escribir.

Escribir como viajar al espacio. Exterior o interior.

Escribir como flotar dentro de uno mismo y fuera de todo.

Escribir no para contar historias, para ser historias.

Y hoy escribir cosas hermosas. Cosas de hilo y sonrisa y cocina con olor a desayuno.

No cojo el dolor y lo escribo. No cojo el odio y lo escribo. Escribo simplemente, y todo eso queda atrás. Y, si escribo lo suficiente, cuando vuelvo ya no está.

Escribir.

Hasta el cielo. Hasta el tiempo. Más allá.

J.

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Esos días…


Esos días agotadores de semanas agotadores. En los que los planes se tuercen, y todo es complicado y agobiante y cansado.  Esos días en los que estás a punto de empezar a jugar con el fuego del mechero, ya sabes. Y entonces te llega una carta. O el adelanto de una carta. Y en un instante vuelvo a ser el tipo que supera los destellos.

J.

PD: Y esto es lo que sonaba mientras leía. Así que aquí tengo que ponerlo también.

Verdades como piedras (y otras confesiones desnudas)


Casi siempre nos engañamos. Nos engañamos mucho hasta el punto de no decirnos nada. Nos engañamos un poco, hasta el punto de acabar diciendo cosas diferentes, haciendo cosas diferentes a las que realmente queremos, a las que realmente pensamos. Al final, las verdades no llegan como puños, sino como piedras que lanzamos. Contra los demás. Contra nosotros mismos. De eso hablan estas entradas que he separado. De esas cosas que al final hay que decir. Que sería mejor decirlas al principio.

Por supuesto es probable que no las compartas. Porque son mis verdades y mis piedras. Y aún así mis verdades, como son mías, tienen derecho a cambiar y a transformarse, igual que yo me transformo.

Y cada uno tenemos nuestras piedras. Las que tiramos. las que llevamos en los bolsillos (y a veces nos frenan, y a veces evitan que nos arrastre el viento y las tormentas). Así que voy reunir aquí las mías. Las presentes, algunas del pasado, y las que irán viniendo. Y las que se irán viviendo.

Stones_path_by_MichelRajkovic

J.

Eso es culpa tuya.


Cantamos canciones. Vivimos canciones. Pones música y a veces te parece que lo que estás viviendo en ese momento sería el vídeo musical perfecto. Nuestra vida está hecha de canciones, y vamos introduciendo canciones en nuestra vida. Pero al final las canciones no son canciones: son los momentos en los que las escuchamos, son las personas que nos las regalaron.

Y sí, tenemos nuestro estilo. Y la música que nos gusta, y los cantantes que nos gustan, y la música que nos ponemos siempre. Y yo soy metalero, y siempre ando entre mi Tarja, mi Within Temptation, mi Lyriel… y también cuando encarta Leiva, Iván Ferreiro, y Extremoduro, y Apocalyptica, y muchos más. Pero no estaba en mis planes que simplemente unos acordes de piano pudieran hacer que se me encogiese el corazón. Eso es culpa tuya. O gracias a ti.

J.

 

Emociones y qué hacer con ellas


El otro día por la tarde estuve en un taller en el instituto. En teoría iba a ser de inteligencia emocional, pero fue un poco de eso, un poco de coaching, un poco de todo. Tampoco es que aprendiese mucho, pero volvieron a decirse de otro modo cosas que yo ya había leído hace no demasiado en un libro de Dossie Easton y Janet W. Hardy, relacionadas con las emociones negativas, y qué hacer con ellas. Así que voy a aprovechar para resumir mi pequeña guía práctica, que por lo menos a mí me funciona.

1. ¿Qué hacer cuando te sientes como una mierda?

Localizar el problema. Descubrir por qué te sientes así. ¿Soledad? ¿Celos? ¿Frustración? Hay que saber qué nos hace daño, porque si no no podemos tomar medidas contra ello. El viejo y apreciado “Conócete a ti mismo”.

2. Acepta la emoción.

No es buena cosa negar lo que sientes. Me miro al espejo y digo “tengo miedo”. O “la echo de menos hasta morirme”.

3. ¿Y qué hago ahora?

Ahora viene el punto de inflexión. La tendencia natural cuando te sientes mal es seguir sintiéndote mal, y hacer cosas en las que ese sentimiento se acentúa. Es tremendamente fácil caer en la autocompasión, pura cuesta abajo. Nos ponemos música triste, música que nos habla de todo lo que hemos perdido o lo que nunca tendremos, y a llorar, y a llorar y a llorar. Vale, aceptamos un ratito de llanto. Pero al final habrá que hacer algo. Sea hacer algo realmente, cuando haya algo que se pueda o se deba hacer, o sea aceptar y seguir hacia adelante, cuando el problema es todo nuestro o sin solución. Así que en vez de ponerte una canción que te hunda, te pones una canción que te lance. En vez de quedarte en casa, sales a dar una vuelta, a correr hasta estar sin fuerzas. En vez de ponerte una peli dramática, te dejas los ojos con la Wii repartiendo muerte. Haz lo que te guste. Come chocolate. Si no puedes más, pues a dormir. Todo pasará. Sí. Todo. Hasta eso. Un día dolerá un poco menos, y luego otro poco menos. Porque la emoción que no alimentas se consume.

Esto es como Matrix, amigos míos. Puedes elegir a este tío con barbita y ponerte a llorar, o a este otro y resurgir.

J.

PD: El resumen, para el que se haya despistado: ponte música que refleje no cómo te sientes, sino cómo te quieres sentir. Y a vivir.

PDD: Los metaleros lo tenemos más fácil lo reconozco. Por muy bajo que estés, poniendo al volumen suficiente ciertas cosas siempre te relanzas. Sobre todo si mueves mucho la cabeza.

Rupturas. Traumas. Despedidas.


Esta mañana tuvimos sobredosis de Somebody That I Use to Know, que es una canción que me encanta, pero que creo que es necesario pararse en lo que dice: en realidad no te quería, cuando rompimos me sentí aliviado, pero ahora no soporto que pases de mí. Viva la coherencia, vida el típico razonamiento humano. Y ella responde con una versión más educada de por mí como si te mueres (But I don’t wanna live that way…). Lo que nos cuesta dejar las cosas terminar. Incluso cuando hay un momento de lucidez y de buenos propósitos, casi siempre termina todo transformándose en todo lo contrario de lo que teníamos planeado. Perdemos perspectiva. Todo el tiempo bueno vivido junto pasa a ser considerado una decepción, una larga mentira, una pérdida de tiempo. Pero no es así. Las cosas buenas fueron buenas. Fueron. No podemos cambiar el pasado. Pero la vida cambia continuamente. Aceptar el cambio. Con nuestra dosis de tristeza, de alegría, de soledad, de liberación, de lo que sea, pero seguir avanzando. Y ya veremos qué sentido va tomando la vida. Eso, por lo visto, no lo entienden la mayoría de los cantantes, o no saben decirlo. Lo entiende Lyriel, por supuesto. Y también Julieta Venegas.

“Llueve hoy mismo y no te olvidaré
siempre serás
alguien que quise de verdad”.

Aunque no sea fácil.

J.

La imagen, de aquí.

No


Ser profesor conlleva en realidad una gran cantidad de noes: de esto no se hace, de esto no se dice. El primer tipo de noes son los más evidentes, y también los que te vienen con mayor frecuencia a la mente. Por ejemplo, no puedes decirle a un alumno que es imbécil. Aunque lo sea. Ni que es un niñato creído insoportable. Aunque lo sea. Ni que si sigue comportándose así probablemente sea un desgraciado el resto de su vida, y probablemente se lo merezca. Vamos, que no puedes decir ninguna de esas cosas que te dejan tan a gusto. Y tampoco hacer, claro. Ni una colleja, ni un bofetón bien puesto, ni nada. Aunque en realidad, y dado que yo soy un profesor de tipo zen, de paciencia cuasiinfinita y nada inclinado a la violencia, esta parte la llevo fácil. Además, tengo la firme creencia de que aquel que pasa la época de estudio haciendo el tonto, difícilmente llegará a ser un próspero médico o abogado en el futuro. A cada cual, lo que se busca.
Pero también hay otra serie de noes, una en la que se piensa menos, pero que también está. Igual que hay barreras en lo negativo, hay barreras en lo positivo. Nada de contacto físico. Nada de implicarse demasiado emocionalmente. Quizás, en un día bueno, puedo reírme de una tontería, y sólo puntualmente. Pero poco más. No puedo decir “eres genial”, ni “me encantas”, ni “la trenza te queda estupendamente”, ni dar un abrazo a un alumno que esté mal.  Vale, es cierto que eso tampoco me resulta fácil, porque soy extrovertido frente al grupo, pero tímido por naturaleza en lo afectivo, pero a veces me entran ganas de decir algo, de hacer algo. Y al final no lo digo o no lo hago, porque no es lo apropiado. Que le vamos a hacer. 
Aunque para compensar, luego siempre hay alguien capaz de saltarse el protocolo, aunque yo no pueda, y ya no hay más remedio que caer en las redes de la informalidad, y de hacer lo que de verdad queremos :-). Y eso también está bien.

J.