Opiniones y destinos

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Un rato ayer y otro rato hoy he estado hablando con los de 4º de ESO sobre el instituto que elegir para hacer bachillerato. Pero no es hablar simplemente. Yo he estado en los dos institutos posibles como profesor, y en uno además como alumno. Yo conozco el mundo al que se dirigen, y mi opinión se suma a la de esos hermanos, o amigos, o primos que ya están en uno o en otro. Y sé que mis palabras son importantes. Que lo que diga tendrá peso, y relevancia. Que no decidirá por ellos, pero contará. Quizás para el que no lo tenga claro, quizás para el que tenga dudas.

Eso es algo que sé cada vez que me pongo delante de mis alumnos. Que lo que hago es importante para ellos. Que lo que digo puede acompañarles mucho tiempo. Y del mismo modo lo que ellos hacen, lo que ellos dicen, es importante para mí. Y siempre intento trasmitírselo, y a veces hasta lo logro. Este año mi tutoría me trajo una tarta de cumpleaños :-). Y el lorito que ha aparecido de fondo en muchas pizarras digitales, en la mía dice “Juan, te queremos”. Y sí, sé que como yo hago las cosas no es del gusto de todos (sobretodo de todos los compañeros), pero yo tengo claro cuál es mi trabajo, y por qué me metí en él. Y es compartir unos años con chicos que se trasforman en jóvenes, que son adultos pequeñitos queramos creerlo o no. Me centro.

La cuestión es que he estado hablando del Gerald Brenan, y del Huerta Alta. Y claro, haciendo un ejercicio de ficción creativa podríamos pensar que a lo mejor yo he tenido relaciones tensas con ciertos profesores del instituto X (O Huerta X, o X Alta), y que eso sesgaría mi opinión, porque soy un ser malvado que quiere quitarles los bachilleratos. ¿Qué he dicho del Huerta Alta? La verdad (que es lo que más duele): que allí estábamos como sardinas en lata, que el metro de Tokio es más llevadero que los intercambios de clase ahí, y que para mis chavales, que vienen de un sitio muy organizado y tranquilo, va a ser un descontrol. Y también que tiene uno de los mejores profesores de Historia del Arte que se pueden encontrar, y que tendrán la posibilidad de ir a Roma con él. Y que tiene una asignatura de Literatura Universal muy asentada, lo cual no se encuentra en todas partes. Cuando ha surgido la inevitable pregunta de profes chungos y profes menos chungos, la respuesta es la realidad de nuevo: profes chungos hay en todas partes. El problema no es que estén, es que te den clase ese año :-). Y del Gerald Brenan, pues lo mismo, con la distancia de que no lo tengo tan fresco.

Que sí, que sé que en parte les encanta hablar de estas cosas porque perdemos clase, pero también porque conmigo pueden hablarlo. Igual que la semana pasada perdí dos horas de clase de lengua con mi tutoría porque necesitaban hacer terapia de grupo y contarme todo lo que les indignaba, tanto de compañeros como de profesores. Y me lo cuentan porque saben que pueden contármelo. Porque me importa de verdad.

No hago las cosas a la ligera. Desde que empecé a dar clase me preocupaba en extremo la justicia en las calificaciones; el no puntuar de más a quien te cae bien ni puntuar de menos al que te cae mal. Y eso lo solucioné hace ya mucho tiempo, con objetividad. Ahora, el siguiente objetivo es poder ser igual de objetivo con el resto del mundo, sin perder lo que soy. ¿Qué quiere decir eso? Predicar con el ejemplo. Así de simple. Jamás intento imponer una opinión. Pero me siento en la responsabilidad de defender en lo que creo. Porque si no creyese que esas opiniones o esos valores son adecuadas, no los tendría (y así me encontré hablando de política y de la situación del país con tres chicas de tercero el otro día, con ideas increíblemente razonables, y claras y sensatas… mientras otros alumnos jugaban al fútbol con un boli, todo hay que decirlo).

Y ya me he enrollado demasiado por hoy :-). Sigo otro rato con el tema.

J.

Viernes, 8:15

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Viernes. Ocho y cuarto de la mañana. Un viernes absurdo, porque ayer fue fiesta, y hoy es puente en casi todas partes. Viernes de final de trimestre, agotados, cansados, estresados. Lloviendo y con frío, por supuesto. Y allí voy yo. Cuarto de ESO. Oraciones compuestas, tipología y clasificación, parte I. ¿Y qué ha pasado? Que han estado despiertos, y atentos, y han entendido las cosas, y se lo han pasado bien, y nos hemos reído y ha volado la hora en un suspiro. ¿Cómo se consigue eso? Para empezar, no siempre se consigue. Pero para conseguirlo, aunque sea a veces, hay que intentarlo, y eso es algo que muchos profesores ignoran o quieren ignorar. Casi cualquier cosa se puede hacer más o menos entretenida, más o menos interesante. Y si no puedes hacerla ni entretenida ni interesante, quizás deberías plantearte por qué lo estás explicando, y pasar lo más rápidamente posible sobre ello. Claro, que para poder hacer algo entretenido o interesante, primero tiene que gustarte lo que estás explicando, pero sobre todo te tiene que gustar lo que haces. Y lo que haces no es una clase magistral, no es un discurso. Es estar con gente joven, llena de inquietudes, de deseos, de problemas, de miedos, de alegrías, que en realidad están deseando poderse sentirse cómodos y a gusto contigo. Con lo cual debes empezar tú por sentirte cómodo con ellos. Así, cuando la clase se pone cuesta arriba, siempre está esa mirada atenta, ese pequeño brillo de complicidad que te dice que vas por el buen camino (o por el malo, que también puede ser).

Todo esto en gran medida lo he aprendido y lo voy aprendiendo por mí mismo. Pero también me lo han enseñado, esos pocos profesores que me han ayudado a definir cómo quiero ser como profesor (del mismo modo que hay escritores que me impulsan en la dirección en la que quiero escribir). Fernando Marfil, que me dio clase de Biología en el instituto. Pepe de la Calle, que me dio clase de Teoría de la Literatura y también de Métrica y Retórica en Filología Hispánica. José María Smith Agreda (pensé que no me iba a acordar del nombre, han pasado bastantes años) que dibujaba anatomía en la pizarra con una maestría y una pasión absolutas en Medicina. Todos ellos han dejado su parte. Así, hago cambios de voz y de tono, al estilo de Fernando Marfil; suelo dejarme la maleta abierta cuando voy de un sitio a otro, como Pepe de la Calle; y aunque dibujo infinitamente peor que Smith Agreda, llevo reloj de bolsillo como él. Y me gusta pensar que en un futuro tal vez alguien se ponga una bufanda enorme, o haga guías de sintaxis con toque humorístico, porque su profesor de lengua del instituto la llevaba o lo hacía. Cada día que es como hoy me llevo lo mejor que me puede dar mi profesión. Lo importante es ser consciente de que tienes que devolver algo a cambio. Hasta los días malos.

Ahora, a corregir.

J.

Sin polis malos

Este año no he querido ir de poli malo. Siempre te dicen que hay que empezar fuerte, que hay que ser duro al principio para controlar a los terribles e indisciplinados alumnos, y que sólo después puedes ir soltando la mano. Que son como una jauría de lobos hambrientos dispuestos a devorarte al menor signo de debilidad. Lo que pasa es que, siendo generosos, eso no se me da bien (sin ser generosos, simplemente no se me da). No sirvo para aparentar ser una persona autoritaria, porque no lo soy. Sí soy capaz de regañar, de dar una charla, de expulsar de clase, y hasta de separar una pelea. Pero no soy autoritario. Es más, es que no creo que deba serlo. Y este año decidí no serlo.
He empezado las clases como soy: alguien que trata de hacer las cosas bien, alguien que trata de ser cercano, alguien que no ha olvidado que fue alumno. Alguien a quien siempre le gusta su trabajo, y que en ocasiones le encanta. Y no sé si ha sido simple azar, o el no perder tiempo haciéndome el duro, pero este año el curso ha empezado mejor que nunca. Estoy a gusto en todas mis clases. Todas. Y creo que mis alumnos están a gusto conmigo, que es igual o más importante. Llevo una semana y media de clase, y todos los días he salido del aula con una sonrisa. 
Vale, es cierto que ha habido un elemento importante de suerte, ya que tengo pocos cursos y ninguna conflictivo. Pero también es cierto que después del año pasado ya me tocaba tener suerte. Tendré que esperar al año que viene para comprobar si este sistema es mejor que el otro. Pero no me hace falta esperar para tener totalmente claro que no voy a tratar nunca más de hacerme el poli malo. No soy así. Y los alumnos no huelen la debilidad. Huelen la falta de coherencia y la hipocresía sobre todo. Os mantendré informados ;-).
P.D. : Y encima puedo volver a casa andando, y escuchando música.
J.

Ajedrez y clases

Muchas veces me da la impresión de que dar clase es como jugar al ajedrez (con lo poco que me gusta el ajedrez: peón por torre, caballo a alfil siete. ¿Pero que es eso? ¿Qué interés tiene? Quita, quita, yo prefiero: “Mi peón se desliza por la base de la torre, evitando la mirada de los caballeros”. “Tira sigilo. 7. Los caballeros escuchan el crujir de la grava bajo tus botas y escrutan en tu dirección con las ballestas preparadas. ¿Qué haces?” “Tiro una piedra en dirección contraria y corro hacia la puerta de la residencia del alfil”. Eso SÍ es divertido). Parece que todo debe estar calculado, sobre todo en el ámbito de las relaciones. Este es el papel del profesor, que sólo puede mover en línea recta. Y es lo que hay. Pero hay alumnos que mueven en línea recta, otros van en diagonal, y otros saltando como caballos. Y más. No estoy hablando de currículo ni de adaptar los contenidos (esa regla está, el tiempo para aplicarla es otra cosa), esto hablando de relaciones interpersonales. De poder hablar un poco. De poder perder el tiempo. De poder conocer a esas personas con las que pasas tantas horas a lo largo del año.
Hace un curso o dos, una eminencia vino a darnos una sesión de formación sobre inteligencia emocional. Todo me resultó enormemente interesante, e incluso útil, pero tuve que estar en desacuerdo con un punto que el recalcó mucho: un profesor nunca puede ser amigo de un alumno. No es posible cierto grado de igualdad. Y eso a mí me parece un atraso.
Lo que realmente me gusta de ser profesor es tratar con la gente. Poder ayudar. Y eso pueden ser cosas muy distintas. Sin mis ratos de charla y de opiniones, no me vale la pena dar clase. Eso hace que, por ejemplo, dar clase a 1º y 1º de la ESO se me haga un poco cuesta arriba. Mi espacio natural es 3º o 4º. Bachillerato tampoco me atrae mucho, porque la materia tiene más peso, es una responsabilidad mayor, y con tres horas de clase semanales sólo no hay mucho tiempo para disfrutar.
Ahora estamos en Cavite dándole vueltas a las comunidades de aprendizaje, y el poder dedicar algo de tiempo al Insti y sus habitantes fuera del horario de clases pura y dura me parece algo cada vez más imprescindible. Poder echar el rato de tertulia literaria, de cine-forum, de conversación sobre cualquier cosa o incluso echando unas canastas (aunque servidor está cada vez más mayor para esas cosas). O unas partidillas roleras buenas, que a eso no le hace ascos nadie. O un taller de tarot y magia moderna, que uno sirve para todo. Me gusta estar con mis chicos y chicas. Aprendo casi tanto como enseño.
Lo que me sigue sorprendiendo es que esta actitud (todos somos personas, compartamos) no está tan extendida como uno quisiera. Todavía hay profes ladrillos, rígidos, intransigentes. No importa que sean jóvenes. Y alumnos que sólo ven al enemigo al otro lado. El día que por ambas partes olvidemos estas ideas obsoletas todos ganaremos mucho. E incluso seremos mejores personas.
En conclusión, a ver si esto de las comunidades funciona. A mis ex-compañeros alumnos de Alhaurín, a ver si nos vemos en Semana Santa, entre nazareno y nazareno. Y a los de Adra, que no sé si tengo uno o tres lectores, eso, que no muerdo.

J.

PD: De regalo, una versión de un clasicazo, “Another Brick on the Wall”, en The Faculty, de la que sólo eché en falta un profesor guay colaborando. Al final voy a tener que hacer yo mismo un guión sobre el tema.